Y tropezó en el cielo como si hubiese música…

Yakov Chernikhov
Yakov Chernikhov. Architectural fantasy. 1929-1933. © Tchoban Foundation

Mientras caía, decidió contar cada uno de los pisos en los que había vivido, uno cada dos años en promedio. Al principio se hizo difícil la cuenta, tenía que mirar hacia un lado y el otro, pero luego, cuando estaba a medio camino de la tierra dejó de contar.

La etapa final del edificio comenzó hace más de cien años, cuando Adán vivía ya en la última planta, o lo que llamaban en ese momento “última planta”. El sueño de Adán siempre fue vivir allí, con la mejor vista que se pudiera tener. Así, cuando el alcalde cortó la cinta para inaugurar el edificio más grande en la ciudad, Adán decidió comprar un apartamento con vista a la bahía, lo más alto considerando que el ático no estaba terminado.

Al cabo del primer año instalado, dejó de escuchar el ruido de la construcción, y pensó que seguramente estaban a punto de terminar, pero no dejaba de ver a las grúas moverse por todo el sitio acarreando material. Pensó entonces en el ático como una obra de arte, como un cuadro pintado por el arquitecto, poniendo su firma en la parte más alta y dejándolo reposar entre las líneas de pinturas colgadas de algún museo.

Una tarde subió y se enteró de que su apartamento estaba lejos de ser el último, y mucho menos el más alto. Ahora, la propiedad más alta del edificio pertenecía a una familia, hace dos meses y seis pisos más arriba. Ante la situación, puso en venta su propiedad amoblada, mientras esperaba que se construyera el último piso. La venta se hizo antes que estuviera acabada la compra en verde que había hecho, así que decidió vivir un par de días en un callejón cercano. Pero los días se transformaron en semanas y las semanas en meses. No durmió mucho por aquella época, y no por la calle sino porque sintió algunos temblores bajo sus pies: todas las noches se sacudía como si hubiera un animal revolcándose dentro de la tierra, un topo gigante haciendo crecer el edificio hacia abajo o tratando de acomodar el sueño. O quizás era la intranquilidad de su propio sueño.

La etapa final del edificio comenzó hace más de cien años, cuando Adán vivía ya en la última planta, o lo que llamaban en ese momento “última planta”.

Esos días estuvo a punto de ser despedido, a punto de ir a la cárcel, y a punto de que un hombre lo arrollara creyendo que era un perro que lo había atacado hace algunos días -el perro a esas alturas había sido atropellado por otro y estaba a punto de morir-.

Todo se solucionó el día que recibió un mensaje de texto en la oficina que le avisaba que esa tarde estarían listas sus llaves y el apartamento amoblado. A la inauguración vino Carla, entre mucha gente de la oficina –nadie conocido, solo gente para hacer bulto-, y entre un baile y otro, entre una copa y otra, ella se quedó toda la noche y la mañana siguiente, y luego se instaló entre los muebles, se acomodó en un poco al espacio y finalmente se expandió. En el caso de ella fue dramático: estiraba los brazos cada vez que llegaba y se apropiaba del sillón, de la mesa, de las paredes retractiles, y con el tiempo de las otras también, él la pensó como una supernova. Ella vivió lo que pudo en el apartamento, hasta que el día que regresó de unas vacaciones sola y se encontró el apartamento vacío, en el que apenas estaba Adán.

– Tenemos que subir –sentenció él-, ocho pisos más arriba está nuestro lugar.

Carla lo miró desde el otro lado del apartamento con la boca bien abierta, sintió la estela de su olor cuando pasó por su lado y su nariz no se despegó del perfume que exhalaba su cuerpo, ni mucho tiempo después ni muchos pisos más arriba.

Nuevamente había vendido los muebles y se dirigía al último piso a comparar el nuevo apartamento: una muestra de post vanguardismo arquitectónico –del grupo de “la muerte de la arquitectura”-, mezclado con las últimas tendencias tecnológicas, para hacer más confortable su paso por el mundo, decía la nueva publicidad inmobiliaria.

Hace cincuenta años había comenzado a edificarse el “Gemelo Menor”, donde se pretendía que familias enteras y generaciones vivieran construyeran una unidad interfamiliar a partir de la construcción de los gemelos, permaneciendo en el “Gemelo Mayor”, el primero en inaugurarse, las generaciones más antiguas, las que habían comprado primero. Con el tiempo y el añadido superior, fue necesaria la construcción de puntales para sostener el balanceo, que sumados se fueron transformando en las llamadas “paredes exteriores”. Junto al constante rediseño y construcción paredes exteriores del más antiguo, se añadieron pasos superiores que cruzaran del Menor al Mayor y viceversa, con el fin de que ambos edificios se apoyaran mutuamente a medida que iban creciendo a la par que se ajustaban con las nuevas corrientes arquitectónicas. Adán y Carla ya vivían juntos, en lo que había dejado de ser el piso más alto de la ciudad, y sus hijos se mudaban al Menor en cuestión de horas. Esa fue la tarde en que ambos decidieron comprar el último piso del edificio de enfrente, el último piso de “El Gemelo menor”.

La construcción del edificio más antiguo se había detenido por falta de presupuesto y decidieron intercambiarles el nombre. Con el antiguo detenido y el nuevo con dos pisos más de altura, y sin planes de reestructuración, Adán pensó que había llegado al final del viaje. Compraron dos mecedoras y se sentaron a ver el paisaje. Tres años después estaban saltando de un edificio a otro cada ocho a quince meses. Ayudaban los hijos, los nietos y, casi al final de esta idas y venidas, el primer bisnieto. Durante esa década hubo noches en que tuvieron que dormir en los pasillos ya que las distancias que debían recorrer se hacían cada vez más largas y era necesario cargar con todo lo que pudieran, con lo que significara algo. Hubo un tiempo que parecían los beduinos en el desierto y otros, hippies de hace siglos atrás.

De la noche a la mañana y tal como se había reiniciado la construcción, se detuvo la obra y se dio por terminada. Habían pasado décadas desde que se dejaba escuchar el viento. Por esos mismos días Carla se desmayó, para luego caer en un coma profundo y finalmente morir. El velorio se realizó en el mismo apartamento y duró rigurosos tres días con su cuerpo mirando el horizonte junto a la ventana. Al lugar asistieron principalmente los nietos y los bisnietos, porque se habían muerto casi todos los hijos.

Al caer la noche todos los presentes se retiraron y dejaron a Adán solo con el cuerpo. No hubo funeral y nadie hizo preguntas.

Antes de que el reloj diera la medianoche, decidió terminar el edificio con sus propias manos construyendo un sencillo mausoleo para el cuerpo de Carla, así que selló el cajón y lo dejó en uno de los rincones del techo a disfrutar del frío de la parte alta de la troposfera. Subió materiales durante días y mientras avanzaba entre escaleras y ascensores, entre conexiones y puertas absurdas, dejaba colgar sus carnes imitando los cables del edificio, arrastrando su carne a través de su cuerpo.

Logró trabajar poco menos de una semana antes que una lluvia torrencial empezara a inundar los espacios que había creado. Las nubes hicieron lo suyo, al igual que los pájaros que comenzaban a anidar en sus ladrillos como en el resto del edificio. Se detenía algunas veces a descansar, y con él, casi todos sus males. Pero entonces, a falta de agua, nubes y pájaros, el viento comenzó a cantar.

En el asfalto hay una pequeña placa, a medio tapar por el tránsito, que hace tiempo no se distingue muy bien. Esta mañana tropecé con ella camino del trabajo, averigüé de donde venía en el archivo central (BDU) y puse una queja virtual. Los edificios fueron demolidos hace muchos años atrás.


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