‘Sapo de Varios Pozos’ relato ganador del V Certamen Walskium de Microrrelato de Terror y Fantástico

Primer Premio V Certamen Walskium de Microrrelato de Terror y Fantástico

SAPO DE VARIOS POZOS
Por Daniel Salomone

Gualberto Andrade estaba internado en el centro de tratamientos intensivos del hospital público de la Santísima Virgen del Rosario. Su mujer lo tomaba de la mano, lloraba en un amargo desconsuelo viendo como la vida de su esposo se esfumaba frente a sus narices. El hombre, minúsculo en su capullo de sábanas, había adquirido una coloración azulada, se veían magulladuras en todo su cuerpo y parte de su piel parecía descascararse. Estaba deshidratado y no ingería más nutrientes que un suero suministrado por vía intravenosa.

Ya habían agotado las esperanzas. Los médicos no daban con el tratamiento adecuado y no podían diagnosticar una enfermedad en particular. Consultaron algunas brujas del pueblo para determinar si la solución no se encontraba en este universo, pero no dieron con el rezo o la pócima sagrada que le devolviera la vitalidad al muy querido Gualberto.

Llamaron a la familia para que se despidieran. Eran las últimas horas de aquel hombre en el mundo de los vivos. A la noche llegaron sus tres hijos, su madre, sus tíos y los amigos del bar. Era muy querido en el barrio por ser un bohemio divertido y dicharachero.

En un momento de la noche, una desconocida mujer se presentó de la mano de un niño. Ella también quería despedirse de Gualberto. Se acercó a la camilla y lloró desconsolada en su pecho. El pequeño gritaba pesaroso; “Papi, no te mueras”.

Otras dos mujeres jóvenes llegaron más tarde y se despacharon con sendos besos en la boca del moribundo.

La esposa se mantenía absorta en su angustia y se replegó en un rincón sin prestar atención al desfile femenino que se paseaba frente a ella. La suegra trató de apartar la vista de su nuera alejándola de la sala de espera, pero ella permaneció en estado de shock, sin mencionar palabra alguna. Sólo habló para pedirle que se encargara de los arreglos para el velatorio y el sepelio. A la mañana siguiente desconectarían el respirador que le obsequiaba al agonizante las últimas bocanadas de aire.

En el cementerio ya tenían preparado el nicho. El sepulturero lo ponía en condiciones esa misma noche, pero un suceso insólito lo distrajo de su tarea. Junto a las flores del panteón de la familia Andrade se paseaba un espeluznante sapo. No era extraño ver sapos paseándose por el camposanto, pero éste en particular tenía una complexión cadavérica. Estaba bastante deshidratado y tenía la boca cosida con un hilo negro muy grueso. El enterrador trató de atraparlo y después de varios intentos, logró tomarlo por las patas. Sin lugar a dudas, algún niño malvado había torturado al pobre animal, impidiéndole nutrirse con alimentos y agua. El hombre descosió la boca del sapo para librarlo de una muerte inminente y un hecho aterrador llamó su atención; enrollada en la enorme lengua del anfibio, estaba la foto Gualberto.

***

Al día siguiente, el moribundo respiraba con tranquilidad en su camilla, así como el sapo que ahora comía moscas y seguía conquistando ranas de pozo en pozo. En el hospital todos saltaban animados. Abrazaban a la casi viuda que no hizo más que descompensarse en un llanto feliz. Estaba agotada de tantas horas sin sueño, así que fue al baño a refrescarse. Sola frente al espejo, observó su rostro cansino y le dio un golpe al cristal, preguntándose una y mil veces quién demonios había descocido la boca de aquel sapo.

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