Para siempre Jamás

No dolía mucho. Lo suficiente para no poder aguantar alguna de las lágrimas que querían escapar. Pero no, no dolía mucho.

La verdad es que una semana atrás hubiera sido incapaz de imaginar que permitiría a nadie hacerme lo que él me estaba haciendo. Yo, una chica tímida, educada, cumplidora de las normas y respetuosa con todo lo que, por tradición, hay que serlo, me veía allí, boca abajo, soportando el dolor e intentando no gritar demasiado ¿Qué pensaría de mí? ¿Sería capaz de entender que hay cosas que solamente se hacen por amor? Sí, por amor. Ése, y no otro, era el motivo por el que aquella tarde me acerqué hasta el local del centro en el que él trabajaba. Estaba dispuesta a todo, a ponerme en sus manos y a dejarme hacer cuanto estuviera dispuesto a hacerme. Y así fue. Le dije que podía hacer conmigo lo que quisiera, él rio y, aceptando mi propuesta, me invitó a que me tumbara boca abajo sobre una pequeña cama que había en el cuarto del fondo. Acepté sin dudar. Me preguntó si estaba segura de lo que estaba haciendo, advirtiéndome de que una vez que comenzara no se detendría hasta el final, que nunca había dejado a nadie a medias ni lo haría jamás. Le respondí que sí, que estaba segura, aunque la verdad es que de lo único que estaba segura era de que le quería, de que me había enamorado como una estúpida colegiala y de que había decidido que fuera el hombre que despertara a mi lado todas y cada una de las mañanas del resto de los días de mi vida. Yo, que nunca había creído en eso de los flechazos ni en los amores a primera vista. Que nunca había pensado que fuera posible que alguien, sin proponérselo, anulara plenamente tu voluntad. Yo, que hubiera puesto la mano sobre el fuego todas las veces que hubieran sido necesarias asegurando que jamás me dejaría dominar por el brillo de unos ojos, estaba sucumbiendo a su mirada. Pero claro, es que su mirada era algo especial, algo poco común en este mundo lleno de miradas apagadas, de miradas sin luz. La suya era magnetismo en estado puro, y ante tal atracción nada pude hacer. Nada quise hacer. Y allí estaba, tumbada a su merced, en una pequeña cama en el cuarto del fondo del local.

Tal vez fuera el destino, tal vez una simple casualidad. El caso es que apareció como de la nada…

Tal vez fuera el destino, tal vez una simple casualidad. El caso es que apareció como de la nada, con sus gafas de sol y una mochila de lana repleta de colores vivos sobre el hombro. Se sentó junto a mí, bajo la marquesina de aquella casi desértica parada de autobús. El 143 no debería tardar mucho tiempo en pasar. Lo que más me llamó la atención, aparte de su mochila, fue su olor. Era un olor que no sabría cómo definirlo pero era agradable. Muy agradable. Tanto que sin darme cuenta y sin saber por qué comencé a realizar inspiraciones más profundas. Recuerdo que cerré los ojos un corto instante y, en ese momento, le sentí dentro. Muy dentro. Fue como si su maravilloso olor se hubiera apoderado de cada rincón interno de mi pequeña anatomía. Lo mejor, o lo peor de todo, fue que entonces fui consciente de que ya no le dejaría salir nunca de mí, de que se quedaría ahí para siempre. Para siempre jamás. Después, justo cuando me disponía a inhalar de nuevo sus embriagantes efluvios corporales para llenarme aún más de él, se levantó y se aproximó hasta el borde de la acera para comprobar, mirando hacia la izquierda, si se acercaba el autobús. Entonces pude ver su espalda, que se dibujaba bajo su ceñida camiseta blanca. Esa espalda que marcaba los músculos que habrían de cargar conmigo la noche de bodas al cruzar el umbral de la puerta de nuestra nueva casa. Porque yo, ya, no albergaba ninguna duda de que aquel chico que tenía delante de mí iba a ser, no sólo mi marido, sino el hombre de mi vida. Y sabía que para ello tendría que estar rápida y actuar con prontitud o una vez que el autobús se divisara ya no habría nada que hacer. Él subiría y se sentaría en un asiento muy lejano al mío y todos mis sueños se harían añicos, aunque su olor seguiría dentro de mí ayudándome a vivir de los recuerdos por un tiempo, o quizá eternamente. El único problema que veía era que yo nunca fui una chica de muchas palabras y, por más que pensaba, no encontraba modo ni manera de acercarme a él y romper el hielo. Podría preguntarle que si quería casarse conmigo, para qué andar con rodeos, pero seguro que me miraría como a una maldita tarada y no me haría ningún caso. Me ignoraría por completo. También podría preguntarle por algo sin importancia, algo banal, intranscendente, algo que no le alarmara ni le incomodase. Pero fue en ese momento, mientras mi mirada se centraba en su culo, en su redondeado y maravilloso culo, cuando el levantó la mano para que el 143 se detuviese a recogernos. Entonces fue cuando volví a pensar que otro de mis sueños se quedaba en nada. Que había sido precioso mientras duró, aunque durara poco. Me levanté esperando que el bus se detuviera y abriese sus puertas, sin poder quitar la mirada de su perfecto culo, de ese culo que estaba al alcance de mis manos pero que en breve se alejaría de mí, como lo haría el resto de su cuerpo, para siempre. Y, una vez dado todo por perdido, la sorpresa fue mayúscula. El conductor del autobús no tuvo a bien detenerse y pasó de largo sin tan siquiera arrimarse a la marquesina. Mi chico… bueno, el chico y yo nos quedamos perplejos observando con ciertas caras de bobos cómo se alejaba aquel 143 que no se había detenido en la parada en la que debía detenerse. Por un momento sentí que mi mente dominaba el mundo —había deseado con toda mi alma que ese maldito autobús no se detuviera—, que a partir de entonces ya únicamente ocurriría lo que yo quisiera que ocurriese, y que cuando deseara que me diera un beso, me lo daría.

Siempre fui una chica con una imaginación colosal, lo reconozco. Y en ese momento deseé el beso pero sin demasiada fuerza, por si acaso ocurría y el miedo y la sorpresa me dejaban helada e inmóvil. Así que volví a sentarme en el banco de metal, bajo la marquesina, y aquel príncipe, salido de no sé qué cuento, se sentó de nuevo junto a mí. Yo sólo quería hablarle, decirle algo, cualquier cosa, pero los músculos de mi cara no respondían a las órdenes de mi enmarañado cerebro. Traté de comentar la jugarreta que nos había hecho el conductor del autobús, de explicarle que sucede pocas veces pero que cuando va lleno no suele parar, preguntarle por cuál sería su iglesia preferida para celebrar nuestra boda. Pero no pude hablar, ni tan siquiera puede mirarle. Fue él el que rompió el silencio, quien se dirigió a mí para decirme todo aquello que yo quería decirle a él, salvo lo de la iglesia, sobre eso no comentó nada. Insultó al conductor, me comentó lo de que no suelen parar si van llenos, y luego se presentó cortésmente, como lo hacen los actores americanos en las empalagosas comedias románticas justo antes de comenzar una preciosa historia de amor con final feliz, diciéndome su nombre. No sin esfuerzo conseguí desentumecer un poco mi lengua y decirle el mío. Entonces él se acercó para regalarme dos besos que hicieron que su olor volviera a inundarme por completo y estuvimos un buen rato hablando del tiempo, de la mala educación de los conductores de autobús, de su mochila, y de alguna otra cosa de nula importancia. Sólo hasta que le dije que me encantaba su tatuaje, que me parecía increíble lo bien definido que estaba esa especie de alambre de espino que lucía alrededor de su brazo derecho. Fue entonces cuando me contó que precisamente se dedicaba a eso, que hacer tatuajes era su trabajo. Sacó una tarjeta de su mochila y me la entregó, diciéndome que en ella venía la dirección de su local y su teléfono, y que si estaba interesada y me pasaba a verle me haría un descuento súper especial. Evidentemente con lo de interesada se quedó corto. A partir de ese instante mi única prioridad, el único objetivo en mi vida, era hacerme un tatuaje. Que me dieran miedo las agujas, o que mi educación y mis valores hubieran sido siempre contrarios a esta moda de llenarse el cuerpo de dibujos horrendos, no serían barrera para acercarme a él. Lo decidí de inmediato. La primera tarde de la semana que tuviera libre me pasaría por su local para dejarme manosear por él, aunque el impertinente látex de sus guantes se interpusiera inoportunamente entre nuestras pieles. El 143 se acercaba de nuevo, esta vez para detenerse aun yendo casi lleno. Las puertas se abrieron, me cedió el paso y subimos. Me senté en un asiento que había libre en la segunda fila, él se despidió de mí con un guiño y siguió andando pasillo adelante. Yo eché una rápida mirada a su culo y después cerré los ojos para volver a sentir ese olor suyo que yo, ya, llevaba tan adentro.

asientos

Y así, a su merced como estaba, tumbada en la pequeña cama del cuarto del fondo del local, cuando me comentó que la silueta ya estaba terminada me alegré. Pensé que lo peor ya habría pasado pero me estaba equivocando. Porque después de la silueta venía el relleno. Me dijo que apenas sentiría dolor porque la zona ya se habría acostumbrado a la aguja pero no era así, mi nalga derecha a cada rato que pasaba escocía más, y cuando comenzó a rellenar de rojo chillón aquel corazón empecé a sentir una quemazón distinta y aún más insoportable, y cada vez me costaba más aguantar las lágrimas, aunque por amor una sea capaz de aguantar cualquier cosa. Tal vez la idea de hacerme el tatuaje en la nalga no haya sido una de las ideas más brillantes que he tenido en mi vida, quizá si hubiera elegido la espalda o el hombro el dolor hubiera sido menor pero como estaba decidida a todo, y lo que pretendía era provocarle, qué mejor que un buen trasero para despertar en él todo tipo de instintos salvajes y animales. Durante toda la semana estuve dándole vueltas al tipo de tatuaje que debía hacerme. Tenía claro que iba a ser algo para toda la vida, como deseaba que lo fuera aquel amor, tan cursi como inmortal, que había nacido en mí de manera totalmente espontánea. Tras mucho devaneo de sesos me decanté por algo que también pudiera servir como declaración amorosa. A él se le veía un chico inteligente, así que supuse que con el corazón tatuado y el golpe de efecto que me había guardado para el final no tardaría en captar la directísima indirecta que pretendía lanzarle. Y mientras alguna pequeña lágrima provocada por el dolor conseguía escapar yo iba haciendo en mi cabeza, con la monótona banda sonora de la máquina de tatuar de fondo, una vida futura a la medida de los dos.

Después de mucho imaginar, de mucho planificar, y de mucho fantasear, el sonido de aquella máquina cesó. Fue en ese momento cuando los nervios se apoderaron de mí, el famoso nudo del estómago no era nada si lo comparaba con lo que me estaba estrujando las entrañas en aquellos momentos. Había llegado la hora de la verdad. Había más sequía en mi boca que en todo el Sáhara central pero debía decirle lo que le tenía que decir. Nuevamente, él, se adelantó diciéndome que el tatuaje estaba terminado y que, a su entender, había quedado genial. Por primera vez, desde que me hube tumbado en aquella pequeña cama del cuarto del fondo del local, fui capaz de esbozar una sonrisa. El momento cumbre estaba cerca, tan cerca que lo podía sentir a mis espaldas. Fue entonces cuando me preguntó que si aparte del corazón quería algo más. Luché contra los nervios porque sabía que había llegado el momento que cambiaría mi vida para siempre. Aquel momento que tantas veces había visionado en mi cabeza durante la última semana. Aquel momento que había ensayado una y mil veces frente al espejo de mi habitación. Aquel momento sublime en el que yo le decía que quería que junto al corazón aparecieran un par de nombres. Aquel momento en el que él me preguntaba cuáles eran esos nombres que debía tatuar y yo le respondía, sin dudar y mirándole fijamente a los ojos, que los nuestros. El suyo y el mío. Aquel momento… Aquel momento en el que todo se fue a la mierda. Porque cuando le respondí que quería que junto al corazón me tatuara un par de nombres, él se limitó a decir, sin emoción ninguna, que eso me lo haría mejor su novio porque tenía una caligrafía mucho más bonita que la suya. Y al tiempo que le avisaba para que abandonara la recepción y acudiera a donde nos encontrábamos, todas las lágrimas que había estado conteniendo se desbordaron, y rompí a llorar, y el corazón de verdad comenzó a doler muchísimo más que aquél que aún ardía en mi nalga. Y él se marchó, y pude escuchar un pequeño beso que sonó al cruzarse con el otro tatuador, con aquél que se acercaba lentamente hasta la pequeña cama en el cuarto del fondo del local para terminar de joderme el corazón.

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