‘Los Días de Lluvia Nunca Acaban Bien’ mención especial del jurado en el V Certamen Walskium de Microrrelato

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Desde Algorta, Bizkaia, nos llegó este macabro y bello relato al Certamen Walskium de Microrrelato de Terror y Fantástico. Su tono oscuro y algo siniestro cautivó al jurado, alzándose finalmente con la Mención Especial de esta edición. Esperamos que lo disfrutéis tanto como nosotros. Nuestra más sincera enhorabuena a su creador, José Ignacio Ceberio Sainz de Rozas.


Los Días de Lluvia Nunca Acaban Bien
Por José Ignacio Ceberio Sainz de Rozas

Ayer llegó el dedo a Findaterra. Manolo, el cartero, juró en la taberna que había notado cómo se movía dentro del paquete. Pero Manolo, estando sobrio miente, y bebiendo fabula. Sin embargo muchos lo creyeron.

Por qué no iban a hacerlo, aquí estamos acostumbrados a lo extraordinario. Como cuando volvió el hombre de Arteixo, aquel marinero del Tabeirón, un atunero que se hundió frente a las Sisargas llevándose consigo a sus ocho tripulantes. Un día, el individuo regresó. Así, sin más; salió de las aguas por la rampa del puerto, empapado y cubierto de algas y se pasó una semana dando vueltas por el pueblo sin hablar con nadie; el hombre de Arteixo siempre fue callado y taciturno. Yo era por entonces un chiquillo, pero recuerdo cuando lo vi donde el portugués, bebiendo orujo apoyado en la barra; el licor que le entraba por la boca le salía por una rajadura horrible del costado. Una mañana dejó de oler a muerto por las calles y la vida siguió como siempre.

Pero me estoy desviando del asunto. El paquete lo entregó el cartero en el pazo de los Tejeira, los armadores de los barcos más grandes de Findaterra. El bulto iba dirigido a Rafael Domínguez, un forastero que se había casado con la pequeña de los hermanos, Lucía. La Imposible, la llamaban, tanto por su inasequibilidad, como por su fisonomía; uno mira cualquier retrato de Picasso y piensa que se ha inspirado en ella, eso quiero decir.

Al abrir la caja, Rafael encontró el dedo cortado de su mujer junto con una nota manuscrita. No tardaron en propagarse mil rumores. Que si el apéndice reposaba en un diminuto ataúd de alabastro, que si el petimetre rio divertido o, como la criada afirmaba, los ojos se le salieron de la calavera y se desmayó.

El caso es que el pueblo se puso patas arriba. Por el cuartelillo de la Guardia Civil desfilaron unos cuantos vecinos. Pedro el Ruso fue durante unas horas el principal sospechoso. A decir verdad, al Ruso se le echaba la culpa de todo. Es de esas personas con cara de haber cometido la mayor de las fechorías. El desgraciado nunca hizo nada malo, salvo saltarse la veda del percebe, que era de lo que vivía. Al final lo soltaron, principalmente porque es analfabeto integral. Sé –me han informado– lo que cuenta la carta, pero no lo puedo desvelar.
Los vecinos, al principio, formaban corrillos en la plaza intercambiando chismorreos, pero poco a poco las bocas se resecaron y las miradas fueron cargándose de desconfianza y recelo.

A Maruxiña, la farmacéutica, la consultaron, pues es una bruja de renombre; echa las cartas y vende más ungüentos que aspirinas. Pero no dijo palabra, se la veía confusa y atormentada.

Caían las sombras y la madeja no se desenredaba. La gente, atemorizada, comenzó a encerrarse en sus casas. El pueblo se arrebujó en un silencio espeso, roto únicamente por los chillidos de unas gaviotas que volaban sorprendentemente bajo. Se bebió mucho, pocos dormimos. En la memoria colectiva flotaba el recuerdo de un hecho vergonzoso y abominable, y parecía acercarse la hora de la expiación.

Esta mañana ha amanecido lluviosa y fresca, los edificios de Findaterra relucen como el género expuesto en el mostrador de una pescadería. El agua difumina la silueta de Manolo, que ha ido entregando tres, cuatro, hasta cinco paquetes similares al de Rafael Domínguez. Que Dios nos haya perdonado.

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