Lobo de Mar: Segundo premio del IV Certamen Walskium de Microrrelato

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Segundo Premio del IV Certamen Walskium de Microrrelato de Terror y Fantástico

LOBO DE MAR
Por Marian Tobalina

La melodía llegaba con el frío viento del invierno como una ola de hielo sobre los campos. Un caminante que cargaba un petate a la luz de la luna la oyó y, seducido, se apartó del camino para averiguar de dónde venía. Las notas llevaron al viejo marino por un sendero de grava hasta lo que resultó ser la verja de entrada a un cementerio.

La voz sonaba allí clara y melodiosa, tan bella que hacía olvidar la desconfianza natural ante la silueta del bosque de cruces que se abría. El marinero entró y surcó las estrechas calles jalonadas de cipreses y tumbas. Buscó pacientemente hasta encontrar al fin a una mujer sentada de espaldas sobre una lápida que, atusándose el pelo, cantaba.

Se acercó muy despacio por miedo a interrumpirla. No le oyó, aunque la veía cada vez más nítidamente, a ella y a su vestido blanco como la luna llena. Cuando llegó a su lado carraspeó un par de veces para hacerse presente, pero ella seguía cantando, colocando despacio los pliegues de la falda bordados de líquenes y sacudiéndose la tierra. Le pareció que solo tenía una pierna, aunque no podía verlo con claridad.

Alargó la mano para tocarle el hombro y entonces ella giró la cabeza huesuda para mirarlo sin dejar de modular la música. Las cuencas de los ojos eran dos manchas oscuras y las mejillas estaban hechas de jirones de piel seca; los dientes quedaban expuestos entre los labios retraídos y, sin embargo, su voz era dulce. Le vio la lengua rígida subir y bajar para articular palabras y un mechón de pelo ajado se le descolgó como una culebra desde la frente formando una ese sobre la cara. Con una mano de dedos rectos doblados por la primera falange lo apartó, sin dejar de cantar.

Se sentó a su lado y estuvo escuchándola embelesado durante horas. Cansado al llegar el alba, se recostó sobre la lápida y entonces ella se levantó sin más, alejándose y dejando que la escarcha lo cubriera como un náufrago al que la espuma deposita sobre una roca.

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