Las Fauces de Hielo

Como cada domingo, y para no perder las buenas costumbres, os dejamos algo de literatura. Hoy os traemos el relato ganador de nuestro II Certamen de Microrrelatos de Terror y Fantástico, obra de María Begoña Pro Uriarte.


LAS FAUCES DE HIELO
Por María Begoña Pro Uriarte

Si le hubieran pedido que describiera el sonido, habría dicho que se parecía al crujido de las tripas de un viejo carguero. No le hubiera dado la menor importancia de hallarse en uno de ellos, pero se encontraba sobre una enorme mole de hielo a la deriva, de la que jamás podría salir un sonido semejante. Llevaba sobre él seis horas y era la tercera vez que lo percibía. Sin embargo, el ordenador no había realizado registro alguno. Los programas encargados de capturar los movimientos y los sonidos lo habían ignorado por completo. Lo comprobó de nuevo. En la pantalla seguían apareciendo las anotaciones sobre la velocidad a la que se desplazaba el témpano: once kilómetros al día; la dirección: sur-suroeste; y el destino: Aberdeen. Karen se acercó al ordenador. Aparentemente todo funcionaba con normalidad. La señal del satélite era buena y los parámetros se estaban guardando correctamente. Frunció el ceño algo mosqueada. El sonido había sido claro y las vibraciones que éste había provocado, tan perceptibles que todavía sentía un hormigueo en las piernas. Se puso de rodillas y colocó las manos sobre la superficie. A través de los guantes notó cierto temblor. Miró de nuevo la pantalla. El programa Seaquake estaba diseñado para captar cualquier movimiento, por mínimo que fuera, pero la única señal detectada era una inacabable línea recta. En cuanto a la ventana donde debían aparecer los sonidos, ni se habían movido los graves, ni los agudos. Se puso de pie y tuvo la sensación de que el iceberg se inclinaba. Abrió las piernas para mantener el equilibrio. En ese instante el sonido se escuchó de nuevo, más pronunciado, más agudo, como un lamento. Y el temblor fue tan pronunciado que le hizo caer al suelo de bruces. De repente, el silencio lo envolvió todo. Se puso a cuatro patas. Hacía frío. Una gota de sangre escurrió de su labio y empapó el hielo. «¡Qué manera más tonta de herirme!», pensó. Se levantó. En el horizonte el mar era una superficie tranquila y mansa. El reloj de su muñeca le indicaba que faltaba media hora para que el helicóptero volviera a recogerla. Se giró hacia el ordenador. Esta vez tenía que haberlo captado. Lo encontró tirado en el suelo. Lo colocó de nuevo bien. «¡Maldita sea! ¿Cómo es posible que no haya registrado ni un solo cambio? Tendré que reiniciarlo; obviamente tiene un fallo. Le pedí a Iwan que lo comprobara todo ayer. El muy cretino se pasaría con el vodka y ahora yo tengo que hacer su trabajo». Notó sus manos entumecidas. La temperatura era de –7o centígrados. Había operado en peores condiciones; no entendía por qué se encontraba tan torpe. Introdujo la clave. «Acceso denegado». ¿Qué? ¿Cómo que acceso denegado?, le gritó al ordenador. Se quitó el guante y tecleó de nuevo. «Acceso denegado». ¡Maldita sea, Iwan! ¿Qué clase de broma es ésta?. Se frotó las sienes. Empezaba a notar una especie de sopor que le impedía pensar con claridad. Tomó aire con fuerza y lo expulsó despacio. Y entonces se dio cuenta de que su respiración no producía el vaho que se forma al exhalar el gas carbónico cuando hace frío. «Tengo que irme. Usaré la lancha de salvamento», fue lo último que pensó, pero algo la retuvo. Sus fuerzas flaquearon y se cayó al suelo inmaculado. Sintió un aliento gélido en su nuca. Se giró y vio unas enormes fauces de hielo en las que decenas de cuerpos despedazados estaban siendo triturados. Y supo que ella era la siguiente.

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