El señor Manuel

El señor Manuel es encantador. Muy buena persona. Casi todos los días me trae el periódico, ese que dan en el tren. Me gusta mucho, porque no escriben noticias largas y se entiende muy bien.  Aunque últimamente, con esto de las infantas se han puesto muy pesados y no respetan nada.  Pero como es gratis y hay una sección de cartas de amor, me lo leo enterito. Además el señor Manuel  lo coge para mi. Se levanta antes para ir a la estación que está cerca de su casa y llevarse uno. ¡Porque vuelan! Es que los periodistas son muy buenos y escriben para la gente. Así estoy muy enterada de todo y cuando quedo con las viudas puedo opinar.  Antes esperaba callada hasta que se ponían a hablar de punto, o de los pucheros (que me salen a mi mejor que a ellas). Pero ahora ya no se hacen las listas. Creo que están un poco envidiosas.

Además el señor Manuel es muy bien parecido. Siempre va hecho un pincel. El traje ajustado, la camisa planchada, la corbata perfecta. Y dice que no tiene chica de la limpieza.  Yo no he visto cosa igual. Siempre puntual para dejarme el periódico. Yo le invito a café con leche y palmeritas. Le encantan. Además, muchas veces me arregla el ordenador para que le funcione a mis nietos. Sabe hacer de todo. Y habla de una manera tan refinada. Ha estudiado, seguro. No sé muy bien dónde, me da vergüenza preguntarle porque como no sé mucho de nada, no sabría como seguir la conversación. Yo creo que debe de tener varias empresas y muchos empleados a su cargo. A veces le comento que, con la cantidad de trabajo que tendrá, se le puede hacer pesado venir a verme.  Ya no está una de muy buen ver y menos para un señor joven y tan guapo.

“… el señor Manuel es muy bien parecido. Siempre va hecho un pincel. El traje ajustado, la camisa planchada, la corbata perfecta […]. Siempre puntual para dejarme el periódico. Yo le invito a café con leche y palmeritas. Le encantan…”

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A mí, Antonio no me dijo que estaba guapa en cuarenta y tres años.  Y el señor Manuel me lo dice cada dos por tres. No me lo quiero creer mucho. Las viudas me dicen que algo querrá, que no es normal que me diga esas cosas.  Y Rafi, la ricachona, me pregunta si me lo invento. Dice que su vecina se envía a sí misma ramos de flores cada semana, que le pasa a muchas viejas eso de tener novios imaginarios.  Pero al señor Manuel no me lo imagino. Es imposible, porque yo, que no tengo mucha imaginación , habría pensado en un señor más normalito, más de costumbres, como Antonio. Y el señor Manuel no tiene nada de normalito. Ha viajado y conoce mucho mundo. A veces me dice que me va a llevar a conocer Viena y a ver el concierto de año nuevo. Y se me saltan los colores. Es que ni siquiera sabría dar las palmas en la marcha Radequi esa. Y cada vez que se lo cuento a las viudas se ríen y dicen que a ver si he ido a dar con un mariposón. Pero el señor Manuel es muy varonil. Lo que les fastidia es que vaya siempre en traje. Es verdad que debe de ser un incordio tenerlo siempre tan limpito y planchado. Pero yo le habría planchado lo que fuera a Antonio por verle así.  Siempre se ponía hecho una furia cuando le decía que se arreglara un poco más y a veces no salíamos de casa. Entre que se acabara la riña, plancharme de nuevo la blusa y echarme bien de colorete se me iba el tiempo, y él prefería quedarse viendo el fútbol. Pero tampoco me dejaba ir sola. Yo lo habría preferido, así me ahorraba algún coscorrón.  “¿Dónde vas a ir tú por ahí sola? Además, la tonta de tu hermana va a cuchichear sobre nosotros si no voy”. Así que me ponía la bata y nos quedábamos en casa.

Al señor Manuel le gusta mucho ir al teatro y a tomar el vermut. Y siempre invita él. Dice que un caballero siempre tiene que invitar y que tengo que ahorrar para el fondo de pensiones que me he hecho. Se lo quiero dejar a los chicos, para cuando los niños sean mayores. El señor Manuel tiene muchos amigos muy importantes y me ha conseguido una buena oportunidad con lo del fondo.  Y además no me preocupo porque me lo lleva él, que también sabe de finanzas. Parece ser que fue consejero con Suárez.  Y entre tanta importancia y ese porte debe de tener un montón de admiradoras. El otro día me llevé un disgusto porque le vi del brazo con una señora. Ya digo yo que no me tengo que hacer muchas ilusiones, pero mira si seré tonta que me puse celosa y todo. Y al día siguiente cuando vino el señor Manuel a verme me contó que esa señora era su hermana, que había enviudao la semana pasada y que prefirió ahorrarme el bochorno de no saber qué decir, porque su hermana estaba sufriendo mucho. Es que encima es sensible y entiende a las mujeres. Le he dicho que cuando esté más calmada  me la tiene que presentar, pero él me dice que esperemos, que a él le gusta que nos conozcamos más y poder disfrutar de mi a solas. Es una cosa de novela. Y yo, aunque no me quiero ilusionar, le mantengo el secreto con los chicos y mis nueras. Ya habrá tiempo de presentaciones.

Antonio me presentó a sus padres a los tres meses de andar juntos. Yo le quise presentar a mi tía Ernestina al tiempo, pero el no podía nunca y se acabó muriendo antes de que nos casáramos. Yo había vivido con ella desde la guerra y era lo que me quedaba de familia. En vacaciones siempre íbamos al pueblo de Antonio con los chicos.  Alguna vez le dije que me llevara a mi sola de viaje, pero no hubo manera, decía que no quería dormir fuera, que para cambiar de ambiente ya estaba el pueblo. Yo me imaginaba viendo París y Roma, y Venecia. Pero me sentía mal a veces por pedir esas cosas y me conformaba con el pueblo. Se lo he contado al señor Manuel, no todo, que son cosas de alcoba, y me ha dicho hay que viajar mucho y aprender de otros lugares. Me ha prometido que cuando vuelva de Suiza nos vamos de viaje. Se va cosa de un mes a conseguir más beneficios para lo del fondo de pensiones mío y el de su hermana y algunas de su residencia. Tendría que haber más hombres así, preocupados por las señoras que no saben manejar muy bien esto de los dineros.

 

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