El arte de la pesca

El arte de la pesca

El arte de la pesca es el relato ganador de la Mención Especial del III Certamen Walskium de Microrrelato de Terror y Fantástico. En este caso, nos ha cautivado esta preciosa historia fantástica, no sin un atisbo de sombras en su trasfondo. Deliciosamente escrito por su autora, María Carmen Caamaño López desde Madrid.

EL ARTE DE LA PESCA
Por María Carmen Caamaño López

Como cada mañana, Efrén se acomoda en su barca de madera, entre la caña de pescar erguida a su derecha y el cubo de cebo, en el suelo a su izquierda. A diario, él, la barca y sus utensilios de pesca flotan cómodamente en el espacio, dando captura a los minúsculos flirmings que revolotean a su alrededor y que sólo son visibles a los ojos de los más experimentados pescadores. La carne de esas pequeñas criaturas, de apetito insaciable, resulta muy apreciada en los mercados intergalácticos por su elevado aporte calórico. Esto, junto con el escaso espacio que ocupan en las bodegas, hace que los flirmings sean el alimento ideal para aprovisionar naves multitudinarias y de largo recorrido, las cuales a menudo transitan por galaxias hostiles en las que no cabe la posibilidad de abastecerse.

En medio de la negrura espacial, rota sólo por el brillo de algunas estrellas cercanas o por la estela de un cometa viajero, los demás pescadores saludan a Efrén con una inclinación de cabeza que en modo alguno disimula la envidia que yace tras esa supuesta camaradería. Con frecuencia, la cesta de Efrén es la que más flirmings porta y este hecho no le acarrea demasiadas simpatías.

Muchos lo han interrogado acerca del “mágico” cebo que ofrece y a esa cuestión él brinda siempre la misma respuesta: “Les doy bolitas hechas con polvo de roca negra, igual que todos vosotros”. Su afirmación, interpretada como una negativa a desvelar el secreto, había contribuido a acrecentar su impopularidad, de tal forma que Efrén encontraba en el mayor de sus hijos, Zük, la compañía y la amistad que otros le negaban.

Siguiendo la tradición, Zük ayuda a su padre con la faena para aprender un oficio que muy pronto será el suyo. Su paciencia, afabilidad y tesón hacen de él un excelente compañero de trabajo y el cariño, respeto y admiración que siente por Efrén lo convierten en un buen hijo.

-Padre, no quiero parecer desagradecido, pero llevamos meses pescando juntos y aunque me has contado todos los entresijos de nuestra profesión, todavía no me has dicho qué pones en el cebo para pescar tantos flirmings.

Efrén permaneció mudo unos instantes, sorprendido ante la pregunta, pero enseguida le acarició la cabeza cariñosamente y le respondió.

-Les doy bolitas hechas con polvo de roca negra, igual que todos. Tú mismo me has ayudado a prepararlas muchas veces. Lo que ocurre, hijo, es que los demás pescadores están tan ansiosos por husmear en mis aperos y por descubrir un misterio que no existe que se olvidan de pescar. Y así, mientras ellos pierden el tiempo rondando nuestra embarcación y espiándome, yo me dedico a trabajar, obteniendo el mismo resultado que tendría cualquiera de ellos si empleara en su tarea igual esfuerzo y concentración.

Efrén y Zük trabajaron juntos muchos años bajo esa sabia premisa, hasta que aquel, siendo ya anciano, decidió retirarse. Desde entonces, Zük es el pescador más renombrado y exitoso, superando incluso la leyenda de su padre. Algunos dicen que puede deberse a un talento innato, genético, para el arte de la pesca, pero en el fondo todos piensan, no sin cierta razón, que el viejo terminó revelando a su hijo el secreto que siempre mantuvo oculto ante a los demás.


 Texto por María Carmen Caamaño López


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