Carla Hoffmann

carla hoffmann por Jyrki Svenson

Seguimos publicando los relatos finalistas del III Certamen Walskium de Microrrelato de Terror y Fantástico. Carla Hoffmann es el onírico cuento que ha ganado el Segundo premio del Certamen. Una historia lisérgica, muy macabra, creada por Jyrki Svenson, escritor misterioso de ascendencia finlandesa (Kuusamo, 1941). Filósofo y filólogo, doctorado en religiones pre-cristianas por la universidad de Helsinki, ha publicado una única antologia de relatos, Tutkijaja Kanarian (El Investigador y el Canario, 1977), actualmente imposible de encontrar. Desde Walskium Magazine le damos la enhorabuena a Jyrki, y os dejamos con esta maravilla de microcuento onírico que provocará no pocas pesadillas.

CARLA HOFFMANN
Por Jyrki Svenson

Desde su cómoda posición, tumbada entre pieles de animales extintos, capturó una radiografía de mi alma con esa mirada verde de gata que, según me descubrió después de la primera matanza, era deudora de una miopía a la que no deseaba enfrentarse por mera coquetería. Faltaban varias décadas hasta la comercialización masiva de las lentillas, durante aquellos años convulsos no estaban todavía al alcance de desgraciados como nosotros.

En lugar de acobardarme, sostuve aquel sucio escrutinio y la desafié con el mentón. Fue una impostura bajo la que oculté un saco lleno de escalofríos, cuidadosamente almacenados tras pelucas que cubrían todos los espectros del fetichismo más enfermizo. Sonrió ante la provocación, había captado el rubor de mis mejillas, la hiriente verdad: las pinceladas color malva, que se divisaban tras las pieles, reducían mi escroto a simple gelatina.

Hizo como que se desperezaba, imposible pues ella nunca estaba somnolienta. Durante ese milimetrado gesto, el telón calló parcialmente mostrando una opereta de cicatrices y recovecos sudados. El ritmo de sus caricias dibujaba pinceladas sangrientas sobre el lienzo de carne, formando aquellos símbolos de los que tanto hablamos durante incontables madrugadas de insomnio químico. El lugar nunca tuvo importancia –aula, cafetería, dormitorio, cabina o celda–, toda la humedad de nuestras salivas era absorbida por el poder de la iconografía que ella había diseñado para reclutar incautos como yo. Durante esas reuniones, en las raras ocasiones que pude vejar a Carla, me creí un revolucionario, el motor de un nuevo universo. Después, una vez arrancado el ritual, volví a mi inflamable posición de hombre de paja, bajo riesgo de incendio permanente a causa de esas uñas pintadas con fósforo. Finalmente, después de apartar mediante un cachete la pequeña pila de calaveras humanas, descubrió su intimidad simulando ser una hechicera. Pero yo, como jugador de la última partida de occidente, supe que se trataba sólo de una lúbrica ramera disfrazada. Sus venas llevaban la misma carga que los mortales, aunque en su caso sabía dulce cuando se mezclaba con la de los inocentes.

Carnosos velos me saludaron, se hincharon con el roce, brillaron con la densidad de los aceites aromáticos que se deslizaban desde el monte velludo donde crucificaba a sus víctimas.

Soy sagrada, no quiero que nada me profane, excepto el dolor.

Por eso su espalda lucía un corsé de escarificaciones, cinceladas sobre sus propios músculos mediante una aguja de hueso.

Por eso las quemaduras se prolongaban del cuello a las ingles, revelando un sendero de colillas construido tras la Gran Guerra.

Por eso los pezones estaban agujereados, pero sin rastro de piercing alguno, casi partidos en dos: se estiraban como por arte de magia siguiendo el ritmo de su dueña, que se penetraba impasible hundiendo hasta los nudillos unas curiosas manos velludas.

Diablesa avariciosa, pensé. Y tragué como pude una bilis que nacía del corazón en lugar de la vesícula. Comencé a sentirme ofendido por aquella pantomima sin sentido, agotado al contemplar la imposible torsión desde la que me saludaba una vulva recién florecida. Estaba a punto de volverme loco, no tenía forma de huir, incluso cuando cerraba los ojos me encontraba atrapado en aquel bufet de pulpa y carnosidad. Mirase donde mirase, hallaba sus nalgas erguidas a la espera de la agresión de mi arma; las sujetaba desde su base, luciendo los estigmas de la masacre que ella misma invocaba como detonante del fin del mundo.

Hasta que recuperé el don del habla:

—Ya he vuelto, Carla.


Carla Hoffmann por Jyrki Svenson.
Relato ganador del Segundo Premio del III Certamen Walskium de Microrrelato de Terror y Fantástico.

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