Navidades lisérgicas: Un origen de la Navidad

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El verdadero origen de mucha de la parafernalia navideña que conocemos hoy tiene que ver con el consumo del hongo tóxico, amanita muscaria.

Nada tan trillado en estas fechas como renegar de ellas aduciendo su carácter consumista. Dado que, por desgracia, es precisamente el consumo el motor, y me atrevería a decir que la razón de ser de nuestras sociedades híper-conectadas, súper-liberales y encantadas de conocerse (en Facebook), la apostasía, parcial —sólo durante las semanas que duran las fiestas navideñas, cierto que más largas de año en año— y de boquilla —pocos de quienes emiten tan airadas protestas habrá que hagan objeción de conciencia ante la posibilidad de recibir su cuota de regalos—, suena a boutade insoportable, por hipócrita y reiterada ad nauseam. A la Navidad cabe criticársele muchas otras cosas, como la casposa cursilería con que gusta de abrumar a sus víctimas o la insalubre acumulación de colaciones, pantagruélicas, multitudinarias y, en cuanto tales, territorio abonado para la proliferación del cuñadismo más conspicuo.

A nadie escapa que nuestra Navidad no es la de nuestros padres o abuelos; también las festividades dependen, en sus forma y fondo, del Zeitgeist que les tocó en suerte. Ésta de hoy día es una Navidad global, o más bien macdonaldizada —con perdón del palabro, en absoluto cosecha propia—, importada del mundo anglosajón y muy alejada de la estética de belén napolitano en que se desarrollaron las de las generaciones pretéritas. Cincelada por décadas de mercadotecnia, al parecer tiene unos orígenes francamente inopinados, tanto que quizá valga la pena dedicarles unas líneas.

Como compartir es vivir, a continuación orinaban e invitaban a sus feligreses a que también ellos gozasen de tamaño privilegio mediante el consumo de la nieve recién meada…

Cuántos progenitores pasados a las cada vez más nutridas filas de Santa Claus no pondrían el grito en el cielo, regresando inmediatamente al redil de nuestros Reyes Magos de toda la vida, si se enterasen de que en la creación del orondo y risueño anciano y toda su parafernalia, incluido el color rojiblanco de sus ropajes (lo de Coca-Cola, según ciertas teorías, habría sido un bulo muy afortunado), tendría un papel crucial el consumo de la muy lisérgica amanita muscaria por parte de druidas celtas de aspecto, así tiendo a imaginarlos, similar al de Panoramix. Este hongo, cuyas propiedades alucinógenas se conocen desde tiempo inmemorial y que lo han convertido, por tanto, en ingrediente imprescindible de toda suerte de rituales chamánicos a lo largo y ancho del mundo y de la historia, crece con particular exuberancia al pie de las coníferas, dato que explicaría la costumbre de apilar los regalos debajo del árbol de Navidad, como si de inocentes trasuntos de las setas mágicas se tratase. Conocedores de los arcanos del bosque, entre los más preciados supongo que el pelotazo que se agarraba uno al comerse la vistosa seta, estos druidas o chamanes o hechiceros ingerían unos cuantos de aquellos hongos merced a cuya jocunda intoxicación decían entrar en contacto con los dioses. Como compartir es vivir, a continuación orinaban e invitaban a sus feligreses a que también ellos gozasen de tamaño privilegio mediante el consumo de la nieve recién meada, por cierto que perdiendo entonces la utilísima advertencia don´t eat yellow snow buena parte de su sentido.

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Era cuestión de tiempo que alguno de los participantes en tan divertida eucaristía viese renos volando, animal bastante común en latitudes septentrionales; aquí lo más seguro es que hubieran sido conejos, una imagen ciertamente menos poderosa. De hecho, hay en la red algunas elucubraciones que llevan la imaginación hasta los límites de lo razonable, si es que en todo este tema hay algo que se le parezca, haciendo también a los renos asiduos consumidores de alcaloides e incluso vinculando sus nombres —Trueno, Relámpago, Bromista, Cupido, Enérgico, Veloz, Danzarín y Acróbata; en cuanto al celebérrimo Rodolfo de nariz sospechosamente roja, es una incorporación tardía, datada concretamente en 1939— a los efectos de la amanita. De igual modo se interpretan la perenne carcajada de Papá Noel (Ho, ho, ho!) y el rubor que colorea sus entrañables rasgos. Asimismo, las luces que todo lo invaden desde finales de noviembre equivaldrían a las alucinaciones visuales causadas por el colocón. Y un sinfín de especulaciones más, podría pensarse que la mayoría inducidas también por una ingesta desmedida de cualquier cosa menos agua con gas.

Es posible que todo lo antedicho constituya una sarta de memeces peor incluso que los bochornosos lugares comunes con que nos veremos obligados a lidiar durante los próximos días. En cualquier caso, no deja de ser una manera distinta de poner en tela de juicio el aparatoso ceremonial sin caer en el tópico. O sin caer, al menos, en tópicos de tan obvios sencillamente obscenos.

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