Westworld

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Los sueños de los androides con ovejas eléctricas son un locus demasiado trillado como para perseguir la originalidad. Repasamos las luces y sombras de la nueva superproducción de HBO.

La decepción causada por esta paquidérmica adaptación televisiva de la novela de Michael Crichton —llevada a la gran pantalla por el propio escritor en 1973, con presupuesto y, sobretodo, pretensiones muy inferiores— es directamente proporcional a las inflamadas expectativas generadas por el aparato mediático, la fanfarria propagandística y cierto voluntarismo laudatorio que la han precedido.

Sólo así puede entenderse el empeño en venderla como la heredera de Game of Thrones (Juego de tronos, 2011-…), cuando, más allá de la todopoderosa HBO y su proverbial gusto por las explosiones de violencia, no tienen absolutamente nada en común. El exhibicionismo seriéfilo demandaba su nuevo juguete de usar y tirar. Lástima que, a tenor de la sensación de globo pinchado que transmite, éste parezca haber agotado su vida útil bastante antes de lo previsto.

El gran pecado de Westworld radica en que el saludable desenfado y el sentido lúdico que presidían la película protagonizada por un impagable Yul Brynner, no encuentran continuidad, siquiera un mínimo reconocimiento en este barroquizante aggiornamento. La borrosa silueta, apenas si atisbada por un instante, del vaquero robótico que aquél componía con notable carga autoparódica no pasa de mero guiño, y a regañadientes. Opta, en cambio, por un eterno retorno tan plomizo que incluso haría a Nietzsche, moderno formulador del concepto, añorar el mayor de sus temores al respecto, i. e. volver a vivir con su madre y su hermana una y otra vez.

Si bien la repetición de ciertos motivos podría constituir una herramienta eficaz a la hora de reflejar el sinsentido de la vida de los vapuleados androides, la insistencia contumaz no coadyuva, más bien todo lo contrario, a la estima que Westworld merece como producto de entretenimiento, cuando debería ser éste, el entretenimiento, el objetivo prioritario de una serie de televisión. Pero es que, además, dicho día de la marmota reiterado ad nauseam se alimenta de las groseras trampas de un guión que se cree sublime y cuyos giros, forzados la mayoría, y unos cuantos sin venir a cuento, pierden toda capacidad de sorpresa pasados dos, si acaso tres capítulos. ¿Por qué? Porque no hay nada detrás; bueno, sí: J.J. Abrams, dato particularmente ilustrativo de la vacuidad en que vegeta Westworld.

Cuidado, no estamos ante ningún bodrio. Ni muchos menos, que la dureza de mis juicios no nos impida ver el bosque. Jonathan Nolan, showrunner de todo esto, comparte con su hermano Christopher un innegable talento visual, capaz, como el reputado cineasta, de crear imágenes de enorme vigor. Una estética cuidadísima encuentra su corolario en unos preciosos títulos de crédito, indiscutible maravilla ciberpunk; lo mismo que el primer episodio, excelente y de una belleza hipnótica. El siguiente, incluso el tercero, mantienen el tipo, aunque la naturaleza tautológica de la historia ya ha perdido para entonces buena parte de su potencial sugestivo y empieza a hacerse manifiestamente cargante. Porque la megalomanía, traducida en un irresistible afán por sentar cátedra en cada fotograma, parece también cosa de familia. Al mayor le ha salido bien —Memento (2000), Inception (Origen, 2010)—, regular —Interstellar (2014)—, y mal —The Dark Knight Rises (El caballero oscuro: la leyenda renace, 2012)—. En cuál de las tres posibilidades encuadrar el casi debut del pequeño, aún no estoy seguro; desde luego que, de momento, en la primera no.

Los sueños de los androides con ovejas eléctricas son un locus demasiado trillado como para perseguir la originalidad. Si, encima, existen precedentes tan icónicos como Blade Runner (Riddley Scott, 1982), o divertidos como la mencionada primera versión de Westworld (Almas de metal, 1973), el listón queda a una altura más inalcanzable si cabe. Que en ambos casos no se llegara a los 120 minutos de metraje puede que también tenga que ver. Hay historias que no necesitan 11 horas —y lo que te rondaré, morena—para ser contadas. Ésta, en la que desde el principio, y pese a las contumaces veleidades de su guión, se sabe que la fiesta va a acabar como el Rosario de la Aurora, es una de ellas. La pena es que sus responsables no lo hayan visto a tiempo.


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