The Handmaid’s Tale

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Expresionismo abstracto

La adaptación televisiva de la novela homónima de Margaret Atwood ha sido recientemente galardonada con ocho premios Emmy, convirtiéndose en la gran protagonista de la  presente edición y en la indiscutible revelación de este 2017.

Atwood escribió su libro en 1985, en pleno apogeo del eje neoconservador tendido entre Reagan y Thatcher y con la RDA como inspiración estética para la teocracia de Gilead.  La obra conoció una casi inmediata versión cinematográfica, bastante inferior a la serie que nos ocupa, a cargo del reputado Völker Schlöndorff y con guión de todo un Nobel como Harold Pinter. Lástima que los casi treinta años transcurridos desde su estreno le hayan sentado regular a Die Geschichte der Dienerin (El cuento de la doncella, 1990).

Argumentalmente, The Handmaid´s Tale combina con suma habilidad motivos no por ya vistos —1984, de George Orwell; Hijos de los hombres, de P.D. James— menos turbadores. Envuelven la trama una frialdad y un despojamiento muy en la línea de Black Mirror (ídem, 2011-Actualidad), de un tiempo a esta parte, y con sus —innegables— altibajos, influencia definitiva en toda distopía que se precie. La narrativa, asimismo sugestiva, nos dosifica las escenas dedicadas al cómo (coño —con perdón—) hemos llegado hasta aquí, a mi juicio el elemento verdaderamente inquietante de la historia.

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En efecto, de la transformación de la democracia estadounidense en la aberrante república de Gilead es el proceso en sí mismo lo que infunde especial desasosiego. Imperfecta como todas —en el oxímoron de Javier Cercas, la única democracia perfecta es una dictadura—, conviene además recordar, para escarnio de cierto antiimperialismo dogmático en cuyas filas reconozco haber militado, que la americana es la democracia más antigua de cuantas existen hoy en el mundo, con la legitimidad y, aún más importante, la solidez que le confieren los siglos. Es por eso que causa pavor ver cómo, en nombre de la santificada seguridad, se pone en manos de unos matones fundamentalistas, renunciando progresivamente a todas y cada una de las libertades conquistadas no sin sangre, sudor y lágrimas a lo largo de su devenir. Sigo hablando de la serie, aunque la presencia en puestos de responsabilidad de tipejos como Trump o su amiguito del alma, el indultado sheriff de Maricopa, Joe Arpaio, tampoco debería dejarnos indiferentes.

El reparto, excepción hecha de Max Minghella, algo sieso en el papel del chófer Nick Blaine, es de alto voltaje. La pluscuamperfecta Ivonne Strahovsky remite a una Grace Kelly atormentada por la infertilidad. Que su Serena Joy Waterford sea bastante más joven que la del libro o la película no hace sino acrecentar la desesperación que transmite. Joseph Fiennes sepulta su distinguida dicción británica bajo seis pies de murmullo americano y se peina con equivalente cantidad de gomina para componer un tipo tan turbio como sólo pueda serlo un fanático religioso aupado a las altas esferas. Y por encima de todos ellos destaca una Elizabeth Moss aquí también productora. Como hiciera en la superlativa Mad Men (ídem, 2007-2015), un rol que en manos de cualquier otra actriz no hubiera pasado de florero resignado ella lo convierte en un florilegio de aristas a cual más punzante, de entre cuyas sombras vemos emerger los destellos de su luminosidad inconfundible. Sencillamente asombrosa, aunque hace años que eso dejó de ser noticia.


 

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