True Detective, thriller de tierra caliente

Con la primera temporada de True detective, HBO retomó su papel protagónico en el ámbito de las series, luego del breve reinado AMC, sobre todo gracias una precisa mezcla de una historia potente, buenas actuaciones y un desarrollo impecable.

Sobre una historia —la verdad, algo manida ya— de asesinatos en serie con profusión de motivaciones litúrgico-sexuales, la primera temporada de True Detective logra erigirse en una tenebrosa reflexión acerca de la naturaleza humana. Ello es lo que la hace volar muy por encima de otros productos similares, bien televisivos bien cinematográficos. La distancia entre ambos medios se acorta a marchas forzadas, y eso sólo en cuanto a ambición pues, por lo que se refiere a calidad, hace años que la pequeña pantalla le tomó la delantera a su cada vez más tonta hermana mayor.

True Detective logra erigirse en una tenebrosa reflexión acerca de la naturaleza humana

El camino fácil para lo cual hubiera pasado por abismarse, con el aparato determinista y sociologizante de rigor, en las aberrantes entendederas del o los villanos de turno, cosa que hubiera abocado —creo— a un vacuo tremendismo. Así debió de estimarlo también Nic Pizzolatto, inspiradísimo tallador de la joya que nos ocupa, cuando optó por centrarse en el retrato, minucioso hasta lo subatómico, del cúmulo de contradicciones, insalvables muchas de ellas, en que se enfangan las complejas personalidades de sus protagonistas. Porque quienes a priori hubieran tenido que encarnar lo poco que de positivo pudiera el sórdido relato destilar resultan de todo menos ejemplares, codo con codo y cada uno a su manera: el adúltero conspicuo y el misántropo impenitente.

Estructurada a lo largo de tres líneas temporales superpuestas (1995, 2002 y 2012), los continuos saltos entre ellas pueden llevar a confusión, sobre todo durante el primer episodio. No obstante, una vez acostumbrado, hasta el espectador más comodón apreciará el estimulante ritmo que aporta la atípica cronología. Lo mismo sucede con el recurso al plano secuencia como herramienta discursiva —el que cierra el cuarto capítulo, de unos seis minutos, es sencillamente prodigioso—. Ahora que la comunicación humana parece reducida a mendigar “likes” y evacuar “snaps”, se trata de una apuesta cuando menos osada.

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Woody Harrelson como “Marty” Hart y Matthew McConaughey como “Rusty” Cohle

Junto a tan peculiar narrativa y a la malsana atmósfera —casi pueden olerse las emanaciones de esa Luisiana atávica y pantanosa— destacan, y en grado sumo, las interpretaciones de Woody Harrelson y Matthew McConaughey, sublimes en las atormentadas pieles de los detectives arriba citados. El duelo es de alto voltaje, y la disputa por hacerse con cada plano compartido, una lucha sin cuartel entre dos técnicas muy distintas, pero a su vez complementarias. La de Harrelson, mucho más reposada, le permite masticar —literalmente— un papel poco agradecido y que en otras manos no hubiera pasado de comparsa insípida, dándole vueltas como un rumiante al resobado bolo alimenticio hasta dotarlo de una consistencia admirable. Excelente contrapeso para el manojo de tics que constituye McConaughey, sobre todo desde que empezó a plantearse la actuación como algo más elaborado que quitarse la camiseta y sonreír. En su afán por encarnar al Paul Newman de esta mitad de siglo XXI le está copiando hasta los vicios. En cualquier caso, el arrollador carisma de su personaje y la evidente mímesis que se produce entre éste y McConaughey compensan con creces la sobreactuación.

Una estética oscura y concisa redondea la enfermiza función. Fría, cortante como un bisturí, contrasta con el calor animal que parece palpitar en la tierra cenagosa. No hay pista más elocuente de ello, y de todo lo que espera al afortunado espectador que aún no se haya enfrentado a esta magistral primera temporada, que los títulos de crédito, hermosos y terribles, acompañados por las notas de T-Bone Burnett, curioso apodo para el responsable de un score tan inquietante como ajustado.

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