Stranger Things, la nostalgia y los huevos de oro

La serie de Netflix apela a nuestra infancia como cebo, disponiendo con elegancia de los lugares comunes de las películas de aventuras y terror (pre)adolescente de los ochenta, y a nuestra memoria emotiva, sus huevos de oro.

Lo penúltimo de Netflix es una joyita nostálgica plagada de referencias, a cuál más sugestiva. Porque Stranger Things bebe directamente, y a tragos generosos, de Super 8 (J.J. Abrams, 2011), la cual, a su vez, constituía un cautivador compendio de manierismos. El majestuoso recurso de los sintetizadores para su banda sonora —especialmente en los créditos iniciales, anacrónica delicia— la vincula con It Follows (Está detrás de ti, D. R. Mitchell, 2014), otra maravilla reciente que, a su manera, también reivindicaba los ochenta.

Stranger Things es una serie que da lo que promete, y con creces…

Argumentalmente supone un homenaje combinado, y en absoluto velado, a dos autores que alcanzaron su cénit creativo hace treinta años. Por un lado, al Stephen King de It. Se habla, precisamente al calor de la buena acogida prodigada a Stranger Things, de una adaptación próxima a la novela y con hechuras muy similares. Por otro, al Steven Spielberg de E.T.: The Extra-Terrestrial (E.T., el extraterrestre, 1982). La subtrama del acogimiento, u ocultación, de la extraña y superpoderosa Eleven parece una recreación, casi plano por plano, de la icónica cinta de Spielberg.

El revival ochentero no es casualidad; la propia Narcos (2015 – ), asimismo de Netflix, se inscribe de lleno en dicha deriva. Haciendo un ejercicio de sociología un poco a vuelapluma, podría aventurarse que el consumidor tipo de esta clase de productos nació y creció a lo largo de esa década. Ante semejante nicho ecológico de espectadores potenciales, lo raro hubiera sido no ponerles un cebo tan apetitoso como la evocación —eso sí, muy estilizada— de su propia infancia.

Conque, acostumbrémonos: guste o no, y mientras dure la veta, vamos a seguir viendo cosas en la línea de Stranger Things y sus antedichos referentes —he obviado la remisión a The Goonies (Los Goonies, R. Donner, 1985) por trillada, aunque evidentemente forma parte destacada de ellos—. De hecho, este mismo verano, y con toda la barata polémica de género que ha arrastrado, encontramos otro ejemplo palmario de lo anterior en el remake de Ghostbusters (Los cazafantasmas, I. Reitman, 1984). En cualquier caso, si los estándares de calidad se mantienen, la tendencia no tiene, en sí, nada de rechazable.

…su fascinante primera mitad se ve algo deslucida por una resolución un tanto convencional

Elucubraciones aparte, Stranger Things es una serie que da lo que promete, y con creces: junto a la consabida mirada a un pasado convertido en locus amoenus, entretenimiento a raudales y una factura impecable, consolidándose esta última como muy reconocible marca de la casa.

Caleb McLaughlin, Gaten Matarazzo, Finn Wolfhard y Millie Bobby Brown

Cierto que su trama va de más a menos y que su fascinante primera mitad se ve algo deslucida por una resolución un tanto convencional —mal bastante corriente, de un tiempo a esta parte, en producciones de todo pelaje—, pero el conjunto es definitivamente encantador. Que los niños protagonistas, contra todo pronóstico, no se hagan cargantes contribuye, y no poco, al disfrute del hallazgo.

Todo apunta a que habrá una segunda temporada que, mucho me temo, acabará de estropear lo que tan bien pintaba —especialmente, insisto, hasta su quinto episodio, más o menos—. Ojalá no sea así y nos quedemos con el buen sabor de boca que nos ha dejado esta primera entrega. Pero la voracidad de los productores por muy poco no iguala a la del seriéfago. Encontrada la gallina de los huevos de oro, no descansarán hasta esquilmarla.

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