Necesitamos a los Motorratones de Marte

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La corrección política y la sobreprotección de los niños ante ciertos temas han convertido las series de animación en un desfile de personajes descafeinados que atocinan a una generación sobre-estimulada.

Seamos sinceros: el capitalismo hace tiempo que agoniza. Es difícil ignorar los síntomas, en especial el crecimiento del tumor maligno en la zona del despacho oval, causado por una clase obrera americana cuyo modo de vida y derechos son atacados por el propio sistema, pero que demoniza a los inmigrantes como causantes de esta situación.

Pero ¿a quién le importa? ¡Yo he venido aquí a hablar de series de la infancia! Ahora que he llegado a la treintena, la barriga crece a la par que mi ceño ante lo nuevo, lo millenial, las patrullas caninas y los reboots aniñados de series de acción para adolescentes. Como el último de las Tortugas Ninja, o franquicias que buscan targets más jóvenes, como ocurre con Star Wars Rebels. Voy a hablar de una serie de los 90 que, si bien no muy conocida, hizo una pequeña muesca (que tiendo a exagerar) en la cultura de mi generación y que es MUCHO MEJOR QUE TODO LO QUE SE HACE AHORA Y PUNTO.

En los 90 éramos mejores dando epilepsias.

“Pero Carlos, estás obviando que también existen series de acción que se han hecho los últimos años que no sólo son buenas en cuanto a trama y personajes, sino que además dan respuesta a preocupaciones del target al que van dirigido, como Young Justice o La Leyenda de Korra”, diréis. Pero os olvidáis de algo: soy un hipócrita y un amargado.

Bien, hecha esta introducción humorística (espero) con la que creo que he dejado claro que estoy dando un paseo por el valle de los recuerdos. Toda opinión es subjetiva y, sobre todo, las comparaciones con lo que era “en mis tiempos” con “lo que se hace ahora” están siempre teñidas de un subjetivismo emocional y una desconexión con la siguiente generación, cuyas ficciones y aficiones miramos con desdén sin conocer a fondo una vez entramos en el cinismo de la adultez. Dicho esto, creo que resulta evidente que la corrección política y la sobreprotección de los niños ante ciertos temas han desembocado en un mayor control de los temas y su presentación en series infantiles, en especial en las producidas en Estados Unidos, que es el mayor exportador de ficción televisiva. Young Justice fue cancelada porque no vendía bien el merchandising, además de otras razones menos defendibles y hace poco se supo que iba a continuar, después de que sus fans lo pidieran durante años; “La Leyenda de Korra” fue relegada a Internet, un lugar donde los padres conservadores tienen un acceso más difícil para poner el grito en el cielo por la violencia y la forma en la que las relaciones sentimentales se plasman… imaginaos cuando descubran que protagonista de la serie es bisexual.

Esto no es fanfiction hormonado, es una captura de la serie. También hay mucho fanfiction hormonado.

Esto no es fanfiction hormonado, es una captura de la serie. También hay mucho fanfiction hormonado.

Hace poco tuve la oportunidad de ver entera la serie ‘Dartacán y los tres mosqueperros’. ¿Sabíais que en un capítulo Widimer descerraja un tiro a un secuaz, matándolo en el acto? ¿Sabíais que se muestra con total claridad y sin censura (pero sin mal gusto), una masacre de mujeres y niños inocentes por parte de militares? Buena suerte metiendo eso en un capítulo de cualquier serie para adolescentes hoy. Dartacán es una serie japonesa, que parece que siempre ha tenido manga más ancha mostrando muertes, escenas violentas o personajes sexualmente sugerentes. Mientras, en Estados Unidos recurrían siempre a la contradicción el héroe armado hasta los dientes que nunca jamás mataba a nadie.

Conan es de la escuela de Esgrima de He-Man: llevar la espada y no pinchar a nadie con ella.

Esta contradicción se debe a que las series de dibujos animados de acción norteamericanas de finales de los 80 y principios 90 tenían el objetivo de vender figuras de acción a los niños y la FCC no pasa una. Tenían que ser lo suficientemente violentas para que fueran emocionantes para los niños y a la vez lo suficientemente seguras para que los padres conservadores no se escandalizaran, mientras aprovechaban para introducir propaganda capitalista y del “american way of life”. Los héroes cachas contraponían su astucia, improvisación y acción directa a los elaborados planes de unos malvados que solían ser una forma de gobierno tiránico, algo que se pudiera relacionar fácilmente con la Unión Soviética. Sin embargo, poco después de la caída de la URSS, hubo una serie que puso en su punto de mira, no a los derrotados comunistas, sino a la élite capitalista: Los Motorratones de Marte (‘Biker Mice from Mars’).

Pedal to the metal…

Con un tema casi instrumental de heavy metal puro y duro, la intro de Los Motorratones de Marte muestra a los homónimos héroes vestidos de moteros, escapando de su planeta natal (¡Marte!) montados en motos muy macarras de gran cilindrada y llegando a Chicago, donde se ocultan hasta que descubren que los plutarkianos, los mismos villanos que conquistaron Marte para esquilmarlo de recursos han llegado a la ciudad para repetir su vileza.

La nueva plutocracia.

La nueva plutocracia.

El líder de los plutarkianos en la Tierra es Limburger, el presidente de una corporación cuya sede es un gran rascacielos con una “L” dorada. Un obeso engominado permanentemente ataviado con un traje caro y guantes blancos, humano sólo en apariencia, pues tras la máscara es un pez gordo maloliente. Más obvio imposible: los malos son una plutocracia (plutarchy en inglés), que ha dejado a un pez gordo al frente de una explotación minera.

Es cierto que los buenos de la serie están muy identificados con una tribu urbana muy romantizada. Los moteros son aquí una especie de nuevos piratas (sin patria ni ley más que la suya). Posiblemente porque lo “cool”, lo “rad” y lo rebelde estaban de moda entre los adolescentes de los 90. Pero creo que la metáfora fuerte es que antagonista sea un tipo de personaje que se puede encontrar fácilmente en la sociedad estadounidense. Desde el principio queda claro que la fuerza de los plutarquianos no proviene de la opresión de países y pueblos (a la soviética), sino de su robustez económica. El propio Bujías, líder de los Motorratones, explica en el primer capítulo que los plutarkianos compraron el planeta, no lo invadieron. Después de la compra y la ocupación plutarkiana, el movimiento de ratones marcianos se organizó en una fuerza de resistencia indígena.

Limburger viven en una torre decorada con letras doradas en Chicago. Ejem.

Limburger viven en una torre decorada con letras doradas en Chicago. Ejem.

Lamentablemente, si miráis a vuestro alrededor, veréis que los plutarquianos han ganado. Uno ha conseguido llegar a la Casa Blanca. ¿Cómo podemos combatir? No necesariamente con los Motorratones de Marte, pero sí con series teenager que sean críticas con el sistema. En muchas de las nuevas series de animación veréis críticas a los fenómenos mediáticos de la nueva era digital: memes, blogs, redes sociales, gente conectada… pero me falta la crítica a la élite económica que provocó la última gran crisis. Me falta crítica a la corriente anticientífica que fomentan para negar calentamiento global. Me falta una respuesta a la generación que forma parte de una sociedad que le ofrece precariedad y pocas perspectivas de futuro. ¿Por qué no hablar a los adolescentes de esto? Al fin y al cabo es el mundo que les rodea y no se les puede proteger siempre.

La gran ironía de los Motorratones de Marte es que ellos mismos eran un producto más del sistema. Una serie cínica que explotaba el malestar, daba a los espectadores un villano fácil de identificar para luego vender figuras de acción, exactamente igual que GI Joe. Sin embargo, ha pasado el tiempo y he visto la serie con nuevos ojos. En 2006 se hizo un reboot pueril sin el mensaje de fondo, intentando explotar la nostalgia cual plutarkianos, pero fracasó estrepitosamente a pesar de tener un villano con pelazo llamado Renaldo Rump. Rump. Quiero pensar que el espíritu de los Bujías, Modo y Vinnie rueda por las autopistas, libres de su cínica misión televisiva original, de los grilletes corporativos, recordándonos a los treintañeros que el sistema del que formamos parte sigue apestando como un queso rancio.


 

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