Más de un año sin Mad Men…

Mad men ha dejado muchas almas en pena, como en su momento lo hicieron The Wire, Los Soprano, Dr. House o Breaking bad, pero antes de llorar su partida, es mejor ver cómo ha influenciado a las nuevas series.

En efecto, ya ha pasado más de un año desde que acabó Mad Men  y la sensación de orfandad que tras de sí dejó su insólito ‘season finale’ no solo no se ha atenuado, sino que parece incluso haberse agudizado. Porque la deriva tomada desde entonces por la edad de oro del medio viene a confirmar, y con creces, lo aducido por Enric González, de El País, cuando en su día sentenciara que Mad Men es de lo mejor que ha ocurrido en televisión en los últimos años. Hasta un punto tal que ésta da la sensación de haber quedado atrapada en algún momento de la tercera de las cinco etapas del duelo definidas por Elisabeth Kübler-Ross: la llamada fase de negociación, durante la cual se intenta buscar una solución a la pérdida a pesar de conocerse la imposibilidad de que suceda.

El enorme vacío dejado por Mad Men no se llena (con) sexo, drogas y rock ´n roll; ni Chanel, cocaína y Don Perignon

Ejemplo de tan psicologizante―con perdón del palabro― explicación lo encontramos en lo último de HBO, la estridente Vinyl (cuando se escribieron estas líneas, se desconocía aún la cancelación de la misma-ndr-). La horterada gozosa que al alimón se han sacado de la manga Martin Scorsese y Mick Jagger  tiene una deuda con Mad Men cuya prominencia raya casi en el plagio. Aunque bendito plagio, por cierto. Donde decía Sterling & Cooper han rotulado American Century, y el carisma italoamericano de Richie Finestra ha reemplazado ―o ha tratado de hacerlo― a aquel icono de virilidad extinta que constituía Don Draper.

vinyl

‘Vinyl’, la serie creada por Mick Jagger y “Marty” Scorsese.

A priori, con todos los manierismos y ventajismos que se quieran, la idea no es mala en absoluto. Lo ilógico hubiera sido lo contrario, no aprovechar la ola de cinismo cool alentada por Mad Men  durante siete temporadas―ocho, la última se dividió en dos tramos por motivos, suponemos, eminentemente comerciales—. Aunque el resultado es brutalmente sexy ―no podía no serlo, teniendo en cuenta quién anda detrás―, que los árboles o los mástiles de las stratocaster no nos impidan ver el bosque. No vayamos a confundir la velocidad con el tocino, las churras con las merinas y, lo que sería verdaderamente imperdonable, el swing con el swag. Y es que el enorme vacío dejado por Mad Men  no se llena con un poco ―en rigor, mucho― de sexo, drogas y rock ´n roll; ni de Chanel, cocaína y Don Perignon [sic]. Incluso Juego de tronos  parece menos fiera, veremos qué ha sido de Vikingos  a ese respecto.

Más constructivo resulta enfocar el análisis desde otro punto de vista que el de la pérdida irreparable y la esterilidad de llorar sobre la leche derramada. Se trataría, más bien, de constatar la influencia que la emblemática serie ha tenido, no tanto a efectos argumentales como en la construcción de unos cuantos personajes que con posterioridad han seguido haciendo bueno el traído tópico de la edad dorada.

true detective

‘True Detective’, para algunos la mejor serie de los últimos años.

Aparte del citado y palmario Richie Finestra, podrían referirse infinidad de ejemplos —si bien su génesis no se encuentra únicamente en Mad Men, aunque ésta quizá sea la que más ha hecho por consolidar el arquetipo—. Entre ellos, los protagonistas de True Detective, y en especial los de su primera temporada, coetánea de la última —o penúltima, según se mire— de Mad Men. Salvando las distancias de todo tipo existentes entre subgéneros tan diferentes, el descuidado paterfamilias que compone Woody Harrelson podría entroncar en ese aspecto con el Don Draper que inmortalizara Jon Hamm. Lo mismo sucede con el lacónico Rust Cohle interpretado por Matthew McConaughey, cuyo turbio pasado llama perennemente a la puerta de una conciencia mucho menos tranquila de lo que dan a entender los monosílabos con que acostumbra a expresarse.

Prueba de la grandeza de Mad Men, y del hito alcanzado con su figura más señalada, es que posiblemente la mejor serie emitida desde entonces ha necesitado la suma de dos personajes perfectamente redondos para concitar una complejidad psicológica equiparable. Y aún han quedado aristas que escapan a la perspicaz mirada de Pizzolatto y compañía; quienes, por otra parte, y como demuestra la segunda entrega de su thriller, no han conseguido mantener el tipo. Cierto que el listón estaba alto, o altísimo; pero eso no supuso problema alguno —he aquí otro de sus enormes méritos— para Matthew Weiner, showrunner de la añorada serie a la que dedicamos este artículo, pasado poco más de un año desde su punto final.

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