House of cards, asco y perversión en el país de las maravillas.

Las temporadas de House of cards  van de Maquiavelo y Shakespeare a Mario Puzo; de El ala oeste de la Casa Blanca  a Los Borgia. Pasamos de la maquinación política, al melodrama, las infidelidades, los caprichos y las traiciones. Nada de esto es malo necesariamente, solo parece haber más humanidad (SPOILERS).

Cuando uno piensa en Maquiavelo, piensa a la vez en aquellas manipulaciones políticas a puertas cerradas, en esos espacios en el que el poder pasa de una mano a otra, moneda de cambio y avaricia. Inevitablemente recordamos ‘el fin justifica los medios’ como dice el cliché. Y sin embargo, nada de esto dice explícitamente en El príncipe  o el resto de su obra. En este contexto, Maquiavelo parece más bien el policía bueno de la política, preocupado por gobernar, el ángel “bueno” que ni Frank ni Claire quieren escuchar.

En cambio, Hamlet  y Macbeth  son los principales constituyentes de la trama en la primera y buena parte de la segunda temporada. Y aunque esta serie es parcialmente una recreación contemporánea de Macbeth  -a diferencia de la obra no sabemos aún si los protagonistas están condenados-, lo que destaca sobre todo son los personajes de fuerte inspiración shakesperiana. Podemos ver a Frank como vicepresidente y luego a la cabeza del salón oval, Hamlet encarnado: ser o no ser, ser o parecer, pero solo en la ficción, al romper la cuarta pared nos encontramos con la seguridad de Marco Antonio, incluso en el error.  Del mismo modo, Doug Stamper nos recuerda a Horacio, confidente del Príncipe de Dinamarca.

Frank underwood house of cards kevin spacey

El hombre propone, y Frank dispone.

Con El ala oeste de la Casa Blanca  (Aaron Sorkin, 1999) guarda una diferencia básica y una similitud inesperada. La primera corresponde a la intención de la serie protagonizada por Martin Sheen, de mostrar el funcionamiento de la Casa Blanca, con sus episodios humanos, políticos y sociales; en cambio House of cards  busca el mismo ángulo que la serie original inglesa de los noventa, la maquinación, el entresijo, ver tras bambalinas la madera desnuda de aquello que por fuera trata de imitar una realidad deslumbrante. No obstante, con todo lo extrema que resulta esta separación, aún mantienen en común ese avance hacia la humanización de la política, ese espacio de flaquezas en la primera, de errores y cansancio en la segunda.

Así, después de intentar conseguir la perfección de tragedia shakesperiana, la serie producida por David Fincher cae hacia el final de la segunda temporada en un todo imperfecto para realzar al personaje de Claire y tener un punto de encuentro con la realidad, es decir, para demostrar la importancia de la mujer en la política y, al mismo tiempo, mostrar parte de la contingencia histórica –las sutiles similitudes con Hillary Clinton no parecen gratuitas-. Hacia el inicio de la tercera temporada, Robin Wright pierde esa racionalidad pragmática y fría con la que guíaba a Kevin Spacey, cometiendo errores y encaprichándose con estrategias políticas o deseos carnales.

El hombre libre del control de otros hombres mediante su propia determinación, apenas se determina a sí mismo

Y aquí es donde la trama se vuelve humana, demasiado humana, en el sentido más nietszchiano posible, porque ambos sucumben a sus propias confabulaciones y su sed de poder. El ser humano calculador y manipulador adquiere una supuesta libertad al saber todo lo que va a ocurrir, que puede controlar todas las tramas. El hombre libre del control de otros hombres mediante su propia determinación, apenas se determina a sí mismo. La separación del hombre calculador del mundo –como un titiritero- es solo una ilusión, quién crea que puede controlarlo todo solo se engaña: siempre está dentro del mundo y delimitado por él.

No existe el manipulador perfecto, el ser que pueda controlar todas las variables a su antojo –quizás algún tipo de dios, si es que lo hay-, siempre cabe la duda y el error. Frank y Claire Underwood se encuentran atrapados en sus propios juegos de seducción, de poder. Aquí es donde la trama se pierde a veces en vericuetos sentimentales dignos de Enrique VIII  o de Los Borgia  de Mario Puzo.

Las fidelidades cambian de enfoque, unas pasan a funcionar como manipulación y otras como mero placer pasajero. Las traiciones parecen ser siempre por un bien mayor que a veces se traduce en un capricho de ella, paternalismos machistas por parte de él, pruebas de fuerza y pequeñas venganzas.

thomas yates house of cards

Thomas Yates, el escritor encargado de contar la historia de los Underwood

Sin embargo, hay que tener en cuenta una figura más dentro del cuadro, alguien que casi se sale del mismo: el escritor, ese personaje que está escribiendo la historia del matrimonio camino a la presidencia, quién muy posiblemente sea el mismo que nos está contando la historia que vemos en pantalla, esa en la que en un principio todas las maquinaciones eran perfectamente lógicas y eficientes, un país de las maravillas creado y controlado por el escritor.

Y es ahí donde los personajes lo buscarán, en un gesto unamuniano, para que resuelva esta intriga palaciega en la que se transformó la trama.

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