Hacer el humor (british way, indeed)

Hablemos del Reino Unido, con la certeza dispuesta de que aún existe tal cosa (¿o no?… oh, la glocalización).

No deja de ser curioso cómo la historia va superponiendo y solapando distintos planos con una coherencia abrumadora. Por ejemplo, el mismo año 1983, en el que Margaret Thatcher ganó por segunda vez consecutiva las elecciones, el humor británico recibía, en el pómulo enrojecido y esmeralda del ginger inglés, recortado y sin brillo, el golpe de gracia de la separación de los Monty Python. No es casual, no, no lo es, que como contexto más amplio estuviera la coincidencia del fin de la modernidad cultural occidental y el inicio del liberalismo de mandíbula apretada y stripteases que trajeron a lo anglo Thatcher y Reagan (lo que no dejaba de ser la constatación final de que el bloque rojo no tenía orilla a la que vivo llegar). El inicio del fin, pues, o el principio postmoderno. Ya no había historia, habrán comprendido, porque no había sociedad y sin ella, de paso, no habría humor como hasta entonces lo habíamos conocido

La flema británica, sabemos, siempre ha sabido adaptarse a sus circunstancias, pero el humor de la(s) isla(s) nunca ha renunciado a ir a la zaga. Siempre al compás del estado de las cosas, el siglo XX inglés tuvo como referente desde lo victoriano a lo punk. De Westminster a Camden. De Woodehouse al trivial Benny Hill. Quizá fue Woodehouse (o Sharpe) quien inició una tradición de modernidad que acompañó al british laughing durante mucho tiempo y que acabaron rematando los propios Monty Python cuando se marcharon, cada uno por su lado y sin Yoko de por medio, como habían hecho los Beatles una década antes. Así que es evidente que el ruido de fondo de la competencia liberal en el que se vio atrapada la sociedad del bienestar tiene mucho que ver con el fin de una determinada manera de hacer reír, que ahora, con aire vintage y quién sabe si porque angels pay no rent, vuelve a triunfar.

Así que se acabó de ir el bright side of life del british accent en el Gólgota, mezclando el absurdo (ojo, que no el surrealismo, que viene de lo onírico) con la crítica social y la finura inteligente del hacer sentirse incómodo sin saber por qué –un posthumor que también, con fortuna, sonó en España-. Las hostias imperceptibles hacia toda la sociedad, cerrando con El sentido de la vida.

Las cosas así, con Margaret de por medio, lo único que quedó sin liberalizar en Gran Bretaña fue la reina y así dejó de existir un relato predominante que naciera de lo público. Ya no había elegancia, sólo postmodernidad. Un nihilismo cultural cruel en el que todo valía y nada significaba porque todo era lo mismo. Cientos de canales, la explosión de la oferta y la facilidad de la producción: “ahora cualquiera puede salir en la tele y no va a haber nadie que sobresalga más”, parecían decir las pantallas. En la tele pasó ésto, pero, mientras el reality acabó de ocuparlo todo a final de siglo, alguien decidió recoger el guante del humor para la postmodernidad.

A pesar del ambiente fracturado y desfragmentado que había traído consigo la nueva TV, la BBC, siempre openminded para la innovación, vio en dos treintañeros que de vez en cuando salían en un programa de la Paramount Comedy la posibilidad de montar un buen show de radio y allí que fueron. Los nuevos Goodies –según ellos es lo que querían ser- eran Noel Fielding y Julian Barrat. Un aire de excentricidad y surrealismo (aquí sí) se desplazó por las ondas de Gran Bretaña y The Boosh, ese era el nombre del show, fue encontrando un público muy específico –llámenlo freak, o friki si quieren- muy fiel. El trampolín estaba montado y sólo faltaba la tele.

Noel Fielding_Julian Barrat.alt

Tres años después de comenzar con las ondas, la propia “bebecé” produjo un piloto a partir de un libreto basado en las aventuras de los personajes de Barrat y Fielding, el petulante Howard Moon y el ingenuo del funky Vince Noir. ‘The zooniverse’ (la trama de la serie vira sobre un zoo en el que el propio Moon trabaja) de The Mighty Boosh acabó fermentando y la fuerza con la que debutó le llevó en poco tiempo de emitirse en la marginal BBC Three a la no tan accesoria BBC Two.

En tres temporadas les dio tiempo para mucho, hasta que en 2007 la serie dijo adiós. Con un estilo visual pretendidamente kitsch, con el funky absurdo como banda sonora, y con algún personaje indiscutiblemente singular, el show se convirtió en una suerte de emblema de una determinada manera de hacer humor y un referente evidente de la multiculturalidad natural y sin pretensiones en la que vive tranquilo, entre la lluvia, el Reino Unido.

Así que, para todo aquél al que lo british le suene a coro celestial en comparación con lo cutre y cicatero de la tv nacional… toca rememorar.

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