Conceptos básicos para deslegitimar los Oscar (II)

“… Los recuerdos sobre aquel día hablan acerca de la necedad y la irresponsabilidad de no otorgar el premio a Pacino por su contundente transformación en la inigualable cinta de Coppola…”[headline/]

2ª Parte: Los Olvidados

(Si aún no has leído la primera parte puedes hacerlo aquí).

Es la noche del 27 de marzo de 1973 y el monumental Dorothy Chandler Pavilion está completamente abarrotado. No hay ni un asiento libre entre butaca y butaca y un ambiente de fiesta invade toda la sala. Una estrambótica Diana Ross enfundada en un esmoquin que es pura plata y un setentero James Coburn ataviado con un tuxedo con alguna que otra arruga y un atisbo de chorreras, hacen acto de presencia en el escenario. Estamos en Los Ángeles, es la 45 noche de los Oscar y falta un minuto para anunciar quién será el mejor actor de reparto de 1972.

[headline]”La 45ª gala de los Oscar, celebrada en Los Ángeles, acogió varios recuerdos para la historia del galardón.”[headline/]

La realización va dejando unos poco estéticos cuadros en la imagen, ocupados por las caras de los actores nominados. Es el año de El Padrino –de hecho, la gala será recordada por la espantada de Marlon Brando, que se negó a recoger el Oscar a mejor actor por hacer de Don Vito como protesta ante la esquilmada representación de los Nativos Americanos en la imparable imaginería que es Hollywood: el film de Coppola ha inundado todas las candidaturas y por eso tres de los cinco actores de reparto nominados forman parte de su elenco; a pesar de que Michael Corleone no ha asistido, sí que lo han hecho el impulsivo Santino (James Caan) y el comedido consigliere Tom Hagen (Robert Duvall), la sangre irlandesa del clan. Lo quieran o no, la incombustible Diana y el cowboy Coburn están a punto de alumbrar a una de los más redundantes escapatorias utilizadas por propios y extraños para echar por tierra la verdad y honestidad de los premios año tras año; una criatura manoseada, un irreductible lugar común para los profanos en comidas de familia, tertulias o cineforums varios y cenas de empresa, utilizado indiscriminadamente por aquellos que alguna vez se han sentido desalentados por las injustas decisiones de papá cine: el no-Oscar a Al Pacino.

Sin embargo, menos de un minuto después quien recoge el premio es Joel Grey por su luminosa interpretación en Cabaret. Sin que nadie parezca percibirlo, entre aplausos y discursos, está ocurriendo: el no-Oscar a Al Pacino acaba de formarse dentro de la pretensión cinematográfica como uno de los topicazos más comunes en los que cobijarse con rebeldía frente a la magnanimidad de los galardones. Los recuerdos sobre aquel día hablan acerca de la necedad y la irresponsabilidad de no otorgar el premio a Pacino por su contundente transformación en la inigualable cinta de Coppola –¿quién no ha oído alguna vez a su erudito y cinéfilo cuñado comentar entre bocado y bocado que cómo, ¡por dios!, no le dieron un Oscar a Al Pacino por El Padrino? Para desgracia de familiares y amigos varios, el mito será alimentado, para más inri, dos años después, cuando se repita el desaire, esta vez con el actor como protagonista de la segunda parte del libreto de Mario Puzo. A pesar de que Pacino levantaría el premio dos décadas después, él –con sus siete nominaciones fallidas hasta que por fin se lo llevó a casa- y su Michael Corleone dieron conciencia y vida propia al selecto grupo de los Olvidados.

[headline]”Joel Grey, por Cabaret, arrebató a Al Pacino un Oscar que para algunos parecía cantado para el actor de El Padrino.”[headline/]

Las filias propias nos llevan a preguntar más bien por la razón por la que el atemperado Tom Hagen no se llevó la estatuilla ese año si es que existe una justicia poética, pero –rencillas personales aparte- huyamos de lugares comunes y repasemos unos cuantos olvidados más. Antes recuerden que this is America: olvídense de la densidad narrativa del cine italiano, de los Antonioni, de la irreparable herida de Pasolini, de la vívida Nouvelle Vague y de su Godard, también del genio de Fassbinder. Sólo algunos renombres serán considerados con una cierta mirada por encima del hombro, propia de esa gran América a la que le ha gustado cimentarse, verse y creerse el ombligo del mundo: premios a mejores películas extranjeras, limitando la universalidad del galardón y sin apenas valorar el trabajo individual de directores (Buñuel, Bergman, Fellini), actores (Mastroianni) y actrices (Ullman) foráneos. Recuerden también que cualquier discurso disidente queda descartado, así que eliminen los desvaríos formales que se gestaron en el país de las oportunidades: adiós a las Faces de Cassavetes, del bizarro Kenneth Anger o del Shock Corridor de Samuel Fuller. Hablamos de la propia academia en su mirada hacia su interior: historias clásicas americanas, sin extravíos ni rarezas.

Sin movernos demasiado, la consabida gala de 1973 en la que Al Pacino dijo ciao por primera vez a la estatuilla pasará a la historia como la primera y única en la que Charles Chaplin recibió un Oscar competitivo –además de su segundo honorífico– por la maravillosa banda sonora de Candilejas, que había sido filmada 20 años antes, pero que no hizo su aparición en los cines de L. A. hasta ese año, lo que a cuenta de los académicos la hacia nominable. Más de medio siglo de un brillante y sutil trabajo –con un destierro incluido debido a las extorsiones desmedidas del macarthismo– recompensado con un limitado Oscar musical no es precisamente un trato de oro.

Cuatro años antes, otro ilustre británico de voluminosa y rutilante silueta, Alfred Hitchcock, pasaba por el grandilocuente escenario para recoger el único premio que la Academia le concedería en toda su carrera: el premio en memoria de Irving Thalberg –siempre desapercibido-, como reconocimiento a su labor en la producción cinematográfica. Cinco candidaturas como mejor director y ningún galardón a su trabajo personal. Lo más parecido fue el Oscar otorgado a Rebecca como mejor película de 1940. El discurso de agradecimiento se resolvió rápido, con un escueto “thank you. Nada más que añadir por parte de la hiperbólica silueta para los académicos.

Pero más allá del ego creativo, el olvido es democrático hasta para los trabajos colectivos impecables. De las unánimemente consideradas como las más brillantes películas de la historia por –ojo- el American Film Institute, algunas se quedaron sin el redondo premio a mejor cinta: sin ir más lejos, la cumbre canónica por excelencia, el Ciudadano Kane de Orson Welles, se quedó en 1941 como una triste nominada sin premio. Junto a ella, otras como Apocalypse Now (Coppola, 1978, sólo mejor fotografía y sonido), Vertigo (Hitchcock, 1958, dos nominaciones, ningún premio) o la hija de la ‘beat generation’ Easy Rider (Dennis Hopper, 1969, una raquítica nominación no conquistada) figuran como referentes cinematográficos históricos que produjeron cambios en la forma de concebir el cine y las historias, pero tuvieron un irrisorio paso por las galas. Si miramos a tiempos menos pretéritos, tampoco ese homenaje al cine que es Kill Bill ganó absolutamente nada por prescripción facultativa.

[headline]”A pesar de que el American Film Institute considera a Ciudadano Kane como la mejor película de la historia del cine, la cinta de Orson Welles no se llevó el premio a mejor película de 1940.”[headline/]

Hablemos de actores: olviden del palmarés a los propios Welles o Chaplin, a Peter O’Toole, a Montgomery Cliff o al heterogéneo Kirk Douglas ¿Dónde está Martin Sheen por hacer de Willard en el río de Apocalypse Now? Ahora hablen de presente y cerciórense cuando digan que Di Caprio no tiene ni una estatuilla. Deborah Kerr, Kim Novak, Mia Farrow; ni siquiera combinar intimismo y taquillazo ha librado a Julianne Moore de no verse ganadora.

Aquí, claro, ni son todos los que están, ni están todos los que son. Y estaba claro que la Academia no iba a dar cabida a discursos, direcciones o interpretaciones disidentes –parece que ese trabajo pertenece por fin y para siempre a los festivales-, pero un simple repaso histórico parece suficiente como para poner en tela de juicio el papel de los advenedizos miembros que cada año eligen qué es mejor, incluso en los momentos en los que un buen trabajo ha sobresalido entre su particular y concluyente forma de premiar las cosas. Muchos se nos quedan en el tintero.

Lo que escuchan no es un grifo abierto. ¿Y si no es otra cosa que una fuga constante en credibilidad de la Academia, la pretendida meca del cine? Gustos y colores.

 

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