10 películas de terror para morirse de… risa

El cine de terror comercial parece haber perdido la capacidad de diseminar el miedo por las salas de cine al principio de este siglo. Estas películas son un buen ejemplo de lo anterior.

De un tiempo a esta parte, y salvo honrosas excepciones, el cine de terror comercial parece haber perdido de vista el que debiera ser su principal cometido: dar miedo. En muchas ocasiones, además, lo que provoca es una hilaridad no por no buscada, menos divertida. Ojo, hacer una mala película de terror es muy fácil, el mercado está repleto de ellas; por eso hemos puesto el punto de mira en unas cuantas que aspiraban a todo lo contrario, tomándose tan en serio a sí mismas que no logran sino acrecentar las carcajadas. A continuación una lista, en absoluto sistemática, con diez títulos imprescindibles del cine de humor… perdón, de terror.


Chakusin Ari (Llamada perdida)
Takashi Miike, 2003

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Injustificable concatenación de sinsentidos, por más que algunos devotos quieran ver en ella una parodia del tsunami de terror japonés producido durante el primer lustro de este siglo. Por suerte, Takashi Miike tiene a mano una nutrida pandilla de colegialas a las que, cual coro griego, hace aparecer cada cuarto de hora, más o menos, para enseñarnos las piernas y explicarnos, tanto a los espectadores como a los lobotomizados protagonistas, cuál será el próximo e incomprensible paso de un guión escrito —parece—a golpe de sake caliente.

 

Frágiles
Jaume Balagueró, 2005

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Animados por la esperanza de que en algún punto emerja el talento de su director, pero cada vez más resignados a lo contrario, asistimos a la enésima versión del cuento de fantasmas en el desván, con la única salvedad de que se trata de la planta superior de un hospital infantil, cerrada a cal y canto por motivos que no se incluyen entre unas explicaciones por demás prolijas pero que sólo sus protagonistas requieren, bien porque son retrasados mentales, bien porque van más drogados que una mula de Tijuana.

 

Case 39 (Expediente 39)
Christian Alvart, 2009

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Una chiquilla se porta tan mal como muchos otros críos de su edad. Pero esto es América, amigos. Tierra de promisión en que los niños revoltosos son remitidos a los servicios sociales, donde amablemente se les diagnostica ser la reencarnación del maligno, al tiempo que se recomienda su sacrificio. Aquí todo se habría saldado con un pedagógico soplamocos; pero no habría habido película, claro.

 

Insidious
James Wan, 2010

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Todo es aleatorio en esta película, una infumable amalgama grumosa de subgéneros tan bien maridados como las fresas y el ajoaceite, salpicada de guiños cinéfilos de tan obvios, obscenos, estética de barraca de feria, travestis almodovarianos y una traca final steampunk a cargo de Darth Maul con pezuñas que lo deja a uno entre picueto y patidifuso.

 

The Possession (The Possession. El origen del mal)
Ole Bornedal, 2012

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Esta bazofia se quiere, sin pudor alguno, aggiornamento de The Exorcist (El exorcista, 1973); en cambio, no ofrece más que una aparatosa sucesión de fundidos en negro y abultados fallos de raccord. Todo ello salpimentado con los sinsentidos dialógicos que entablan los integrantes de una familia desestructurada cuyo patriarca, Jeffrey Dean Morgan, recuerda, conforme avanza la película y en evidente decadencia de carisma, a Robert Downey Jr. primero, a Bardem después —Javier, no Pilar— y, por último y para su desgracia, a Fernando Alonso.

 

The Devil Inside (Devil Inside)
William Brent Bell, 2012

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The Devil Inside bebe de la repetición ad nauseam de convulsiones, contracturas, alzacuellos, estigmas y el acostumbrado plurilingüismo digno de un piso erasmus. Se subraya la macedonia de obviedades con la proliferación de cruces invertidas, unos diálogos transcritos del Manual de teología para subnormales y escenas directamente extraídas del Teo se va de exorcismo. Promocionada como la película que el Vaticano no quiere que veas, la verdad es que no me extraña.

 

The Conjuring. The Warren Files. (Expediente Warren: The Conjuring)
James Wan, 2014

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El niño mimado del subgénero continúa acumulando tópicos sin el menor empacho. A saber:
1.- Casa encantada con metros de sótano como para construir un parking público.
2.- Muñecos diabólicos —muñeca, en su caso—. ¿De porcelana? No, de adamantium.
3.- Niños de ultratumba. En dos tonos: pálido decimonónico y verde japonesa despeinada.
4.- Posesiones, contorsiones, levitaciones. Crucufijos, alzacuellos, latín de COU.
6.- Material audiovisual infestado de espíritus con ganas de salir en la foto.
7.- Un lago donde ahogarse y un árbol —muy sarmentoso, siempre— del que ahorcarse. De lo más a mano.

 

Mama (Mamá)
Andrés Muschietti, 2013

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La inteligencia del espectador es agredida por una nómina nefanda de bombillas titilantes, voces de ultratumba, niñas ojerosas, contorsionismo olímpico y más portazos que en una temporada completa de Hermano mayor. Sólo falta un cura declinando parisílabos. No contentos con lo anterior, sus perpetradores alteran a discreción el movimiento rotatorio de la tierra para hacer que siempre —siempre— sea de noche; conque la acción parece desarrollarse en Ancorage, Alaska en lugar de en Richmond, Virginia, donde efectivamente se nos dice —de hecho varias veces— que está ambientada la cinta.

 

The Nightmare (La pesadilla)
Rodney Asher, 2015

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Las carcajadas que me sacuden al escuchar a una señora de la minoría hispana contar cómo mantuvo relaciones sexuales con su visitante nocturno habrían sacado de la parálisis hasta a la momia de Tutankamón. No le van a la zaga los poderes mágicos que, según una treintañera de la minoría asiática, tiene invocar el nombre de Jesús en tan graves circunstancias. O ese colgado de Vermont —blanco, anglosajón y protestante— al que visitan un par de risueños alienígenas con el único objeto de… hacerle cosquillas. En fin, lástima no haberla catalogado de comedia.

 

The Invitation (La invitación)
Karyn Kusama, 2015

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La premisa tiene posibilidades: el reencuentro de varios amigos para ponerse al día tras dos años de separación por razones indudablemente traumáticas. Sin embargo, un guión prodigio de estupidez no tarda en arruinarlo todo. Porque cualquiera con dos dedos de frente y un mínimo sentido de la diversión, o de la vergüenza ajena, hubiera abandonado semejante soirée de iluminados a los pocos minutos de llegar. Pero, de entre la infinita gama de alternativas, sus personajes tienden a escoger las menos indicadas para la supervivencia.

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