Palabras que duelen: El control del lenguaje

Gender Pronouns, pronombres de género

Canadá es hoy el escenario donde se está librando la última batalla por la libertad de expresión y el sentido común.

Al igual que en España, el resto del mundo asiste a una época extraña en la que las revoluciones sociales protagonizadas por minorías y grupos desfavorecidos –tan necesarias para el avance de la sociedad– están dando paso a climas en los que difícilmente cabe la disensión o el debate. No es una cuestión de polarización política -como muchos quieren hacernos pensar-. Al contrario, la polarización de la sociedad es una consecuencia inevitable ante las imaginativas demandas, cada vez más exigentes de estos grupos. Es dificil tener una opinión, y más aún posicionarse, cuando cualquier diferencia entre las personas se convierte en una cuestión de “conmigo, o contra mí”.

Esta ley criminaliza a quien no utilice apropiadamente una lista de pronombres inventados (They, Ze, Zir… así hasta cerca de 70).

Una de las últimas exigencias del colectivo LGBT en Canadá ha sido recientemente convertida en ley: “Ley de pronombres de género“. Esta ley criminaliza a quien no utilice apropiadamente una lista de pronombres inventados (They, Ze, Zir… así hasta cerca de 70) para designar a personas que tengan una identidad sexual no convencional. La ira de varios grupos de estudiantes se desató cuando el profesor Jordan B. Peterson de la Universidad de Toronto colgó un vídeo en su canal de YouTube en el que manifestaba su preocupación por la entrada en vigor de una ley que se fundamenta en el Constructivismo Social, negando la diferencia biologica entre los cuerpos del hombre y la mujer. Jordan advierte que este tipo de ideologías contienen, camuflada, la fórmula de los totalitarismos de los que tanto pretenden alejarse.

No es el único científico que advierte sobre este clima de absurda corrección política. Steven Pinker, experto en linguística y neurociencia, también habla sobre el fenómeno del control del lenguaje como medio para tratar de transformar las mentes y el comportamiento. Esto parece más bien un intento infantil de apartar de nuestra vista de aquello que nos molesta como si así desapareciese mágicamente. No es nuevo. En todas las culturas se reemplazan palabras que históricamente han tenido una connotación negativa por otras nuevas, “limpias”, que irremediablemente se “mancharán” mientras sigan existiendo prejuicios hacia los colectivos o personas que designan (p.e. en el Inglés: negro, black people, african-american, people of color…). No obstante, el lenguaje no es inherentemente inmutable. Es un ente vivo, una herramienta que sirve a una comunidad concreta, la refleja y se transforma con ella. Pero el ritmo de esa transformación no puede imponerse. Escapa a cualquier ingeniería política.

Términos como microagresión, disparadores (triggers), victimismo social, espacios seguros o guerreros de la justicia social (social justice warriors, SJW), se han incorporado al vocabulario cotidiano en referencia a casos en los que minorías denuncian sentirse ofendidas por una determinada actitud individual o colectiva, activa o pasiva. Estos grupos parecen haberse apropiado del derecho a la indignación amparados por una sociedad dócil temerosa de la condena pública -y a partir de ahora, en Canadá, de la penal-.

Hace años, mis amigos y yo nos reíamos imaginando una sociedad en la que las personas iban por la calle con un aparato llamado “ofensómetro” midiendo el nivel de ofensa continua que el resto del mundo les infligía por el hecho de existir. Hoy ya no nos reímos. Es una realidad. La preservación de los derechos y libertades de las personas ha degenerado en una parodia que desafía nuestro sentido común a diario. Mientras la inercia de revoluciones culturales necesarias pero desbocadas hace descarrilar el consenso social, las facciones más conservadoras se alzan con el título de defensores de la libertad y una izquierda ciega de autocomplacencia se desintegra.


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