Los memes tóxicos y el virus de la tradición

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Después de atiborrarnos a torrijas y con el empacho de procesiones y penitencias todavía sin digerir, volvemos a nuestro día a día, muchos de nosotros aún atónitos por el curioso espectáculo que la semana santa ofrece para los ajenos al culto religioso.

La cultura se compone de una mezcla de tradiciones, costumbres y conocimientos no siempre lógicos y, a veces, tampoco saludables. Aún así, poco hay que nos defina mejor que nuestra querencia por la tradición. Los valores tradicionales, las costumbres, la herencia cultural de una sociedad constituyen un baluarte, pero también un lastre. Cómo desentrañar qué costumbres aportan valor y cuáles enturbian el avance hacia una sociedad mejor es una labor casi tan difícil como intentar cambiarlas.

Vivimos tiempos extraños -¿acaso no lo son todos?-. Tiempos marcados por cambios en las costumbres, en la legislación y, en definitiva, en nuestras vidas. Hace bien poco andaba charlando con un amigo acerca de estas cuestiones y me sorprendió la vehemente defensa que hacía de la tradición en general. Cuando le pregunté por qué pensaba así, me contestó que algo que se venía haciendo siempre, no tenía porque cambiarse. Un argumento recursivo que no explica, pero sí nos habla de un sentir común a muchas personas en múltiples culturas de todo el mundo. Precisamente, dotar de valor el acervo de costumbres propio de una sociedad, es el germen de la cultura misma.

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El etólogo Richard Dawkins, padre de los memes.

Según la teoría expuesta por Richard Dawkins en 1976, en su reverberante Gen Egoísta, la cultura y su unidad de transferencia, el meme, son una extensión o un subproducto de la información biológica contenida en el genoma. Una forma complementaria de evolución en el plano de lo psicológico, pero con un poder transformador que afecta también a nuestra propia biología y a la de los seres con los que compartimos el planeta. El meme se define como la unidad más pequeña de transmisión cultural; como una idea, una consigna, un estribillo o la técnica con la que realizamos una determinada arte o trabajo y su característica principal (tal y como ocurre con su análogo biológico, el gen) es su capacidad para replicarse. N.K. Humphrey hizo la siguiente definición, que concuerda con el uso que actualmente damos a la palabra meme en relación a contenidos virales en internet: “…cuando plantas un meme fértil en mi mente, literalmente parasitas mi cerebro, convirtiéndolo en un vehículo de propagación del meme, de la misma forma que un virus puede parasitar el mecanismo genético de una célula anfitriona.

…debemos preguntarnos en qué preceptos se asienta (la tradición), qué valores nos transmite, y si éstos siguen vigentes en la sociedad de nuestros días.

Antes de la transmisión escrita de conocimientos y mucho antes de la era digital, los colectivos humanos transferían información a las siguientes generaciones a través de la palabra: historias, consejos y parábolas moralistas que nos hablaban de la naturaleza del mundo, del resto de vida animal y de nuestra propia condición. Estas píldoras de conocimiento práctico basadas en la experiencia y la observación acumuladas poco a poco conformaron los primeros acervos culturales. Gracias a estos conjuntos de memes primitivos, el hombre pudo llegar a desarrollar la tecnología y la ciencia.

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Fragmento de la Piedra de Rosseta, gracias a la cual se pudo descifrar la escritura jeroglífica de los antiguos egípcios. Uno de los primeros sistemas de escritura consolidados.

Pero en la perpetuación de la cultura no se transmiten sólo memes nobles. Al igual que en el vastísimo conglomerado del genoma hay mucho material residual de carácter neutro o, incluso, dañino. Dentro de nuestra cultura heredamos y legamos convenciones inspiradas por razones no tan nobles, que tienen mucho que ver con el mantenimiento del statu quo.

Cuando nos encontramos ante una tradición, debemos preguntarnos en qué preceptos se asienta, qué valores nos transmite, y si éstos siguen vigentes en la sociedad de nuestros días. Aquí observamos una de las grandes dicotomías humanas y que da lugar a las ideologías liberales frente a las conservadoras. Thomas Sowell a tratado de explicar estas dos “visiones” de la naturaleza del ser humano a las que llamó la Visión No Limitada y la Visión Limitada, o lo que es lo mismo; la Visión Utópica y la Visión Trágica del ser humano.

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Rousseau versus Hobbes. La eterna cuestión de si el hombre es bueno o malo por naturaleza que reflejan las visiones utópica y trágica respectivamente.

En la Visión Trágica los seres humanos estamos limitados en nuestro conocimiento, sabiduría y virtud, por lo que cualquier disposición social debe atender primordialmente a esto. Hobbes, Adam Smith o Karl Popper son algunos de los pensadores asociados a esta visión. En ella, la naturaleza humana no ha cambiado y tradiciones como la religión, los valores familiares, costumbres sociales, las normas sexuales y las instituciones, son estandartes de probada eficacia que debemos mantener para domar la imperfecta naturaleza humana.

En la Visión Utópica, asociada a Rousseau, Godwin o Ronald Dworkin, entre otros, nuestras limitaciones provienen precisamente de esas disposiciones sociales y no debemos dejar que éstas limiten nuestra visión de lo que podría ser en un mundo mejor. Su principio se basa en una naturaleza humana que cambia con las circunstancias, por ello las tradiciones y las instituciones no tienen un valor inherente.

La desigualdad de la mujer, la condena de los usos sexuales, la marginación de la homosexualidad, el racismo o las supersticiones religiosas, son prácticas que si bien no han desaparecido del todo, han mermado en muchas partes del mundo, demostrando que no formaban parte de la naturaleza humana, tal como se pensaba, sino que eran convenciones sustentadas por las instituciones.

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Un vestigio del desastre del Apartheid, que afortunadamente se erradicó, aunque el gérmen de la segregación racial está siempre al acecho.

Leyendo la lista de los males heredados de las tradiciones podríamos correr el peligro de querer tirar abajo el sistema enarbolando la bandera de la libertad, pero no corramos tanto. No cabe duda de que las convenciones sociales deben estar siempre bajo el atento escrutinio de aquellos que las adoptan, pero esto no significa que toda tradición deba ser abolida per se.

El aporte a este respecto que hace Nassim Nicholas Taleb en su último libro, Antifragil, resulta muy revelador. Él propone algo llamado la “prueba del tiempo” en contraposición a la enfermedad de la neomanía: “el mal del amor a lo moderno por su modernidad misma”. Según Taleb, cualquier idea, tradición, invento, tecnología, costumbre, comida o bebida se sabrá beneficioso o realmente productivo si supera la prueba del tiempo. El tiempo siempre acaba desenmascarando los fallos o descubriendo las virtudes ocultas de las cosas, actuando como un selector natural.

Volviendo la vista a las tradiciones que hoy nos envuelven, no podemos dejar de sentir una inquietud ¿Seguirán aquí dentro de 2.000 o 3.000 años? Mientras esto sucede nos las tendremos que arreglar con nuestro sentido común para guiarnos a la hora de decidir apoyar o derribar las convenciones que acotan, pero también enriquecen nuestra vida.


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