La Planète Sauvage: El fin de la psicodelia

La Planete Sauvage, El planeta salvaje, Rene Laloux
Expresionismo abstracto

En 1973 una película de dibujos animados ganó el premio especial del jurado en Cannes. El Planeta Salvaje (La Planète Sauvage. René Laloux) es, más que un clásico de culto, el testigo de una época.

La era de la información nos ha traido muchos beneficios en forma de comodidades y servicios sin los cuales ahora no sabríamos muy bien como vivir. A pesar de la sensible mejora de nuestro día a día, el acceso instantáneo a tanta información ha cambiado nuestra forma de consumir y valorar los contenidos culturales y artísticos. Según teoriza Giovanni Sartori en su libro Homo Videns: La Sociedad Teledirigida (Taurus, 2002), nuestro propio cerebro también está cambiando ante el abrumador despliegue audiovisual al que nos vemos sometidos. Este nuevo estado mental es el signo de nuestro tiempo; del milenio. Rasgos como la inmediatéz, la concrección, el pragmatismo o el realismo son una constante que deja poco margen para la producción experimental, la psicodelia y el conocimiento infuso que generan las emociones abstractas.

El poder mesmerizante de sus imágenes nos impacta después de 44 años como testigo de una época en la que cabía la creación anormal, la originalidad y lo absurdo.

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En La Planète Sauvage, el realizador francés René Laloux (1929 – 2004) desarrolla una historia de ciencia ficción nada convencional que deja una huella indeleble en el espectador. Los dibujos, muy en la línea de los que realizó Terry Gilliam para Monty Phyton, nos sumergen en un viaje lisérgico a un planeta imaginario poblado por extraños gigantes azules. En este universo los pequeños seres humanos son tratados como animales menores, lo que provoca una obligatoria reflexión al ver la película. El poder mesmerizante de sus imágenes que rayan en la frontera del valle inquietante nos impacta después de 44 años como testigo de una época en la que cabía la creación anormal, la originalidad y lo absurdo. Una rareza maravillosa gobierna toda la obra de Laloux considerada única en su género. Viendo su trabajo, no extraña que trabajara en una institución mental en la que desarrolló varios trabajos junto a los internos. En 1960 realizó el cortometraje Los Dientes del Mono (Les Dents du Singe) a partir de un guión escrito por los pacientes de la institución. Esta pieza hibrida imagen real y animación destilando la inclinación por la narrativa alucinatoria que seguirá presente a lo largo de toda su producción cinematográfica.

Laloux es una rara avis de la animación y el cine pero guarda parecido con conceptos creadores como el de Dalí, Pink Floyd, Alejandro Jodorosky o Moebius -con el que colaboró en la película Los Amos del Tiempo (Les Maîtres du Temps. 1982).  Todos se enmarcan dentro del viaje mental. De la introspección y la busqueda de nosotros mismos a través de parábolas y senderos inéxplorados y hasta, a veces, incómodos. Exploran rincones ocultos de la mente en pos de generar una experiencia completa, única. Una meta que si antaño podíamos declarar ambiciosa, bajo el prisma del milenio se vuelve bastante improbable.

…un nuevo paradigma cultural en el que el desencanto y la falta de inocencia en el espectador exigen un tratamiento exahustivo de la información…

Esta corriente de psicodelia, de viaje mental y sensorial que tuvo su apogeo en los narcóticos años 70, terminó de extinguirse con los últimos coletazos del siglo XX. Con el nuevo milenio se establece todo un nuevo paradigma cultural en el que el desencanto y la falta de inocencia en el espectador exigen un tratamiento exahustivo de la información, incluso en el género fantástico. De hecho, es a través de este género como percibimos este cambio de manera más evidente –El cine de Christopher Nolan es un buen ejemplo de esta tendencia-. Nos hemos vuelto adictos a la información y a las explicaciones. Por otro lado, estamos tan acostumbrados a las pildoras informativas instantáneas y concisas que no damos oportunidad al viaje. El viaje requiere tiempo y atención. Es una apuesta personal… sin garantías. Pero ¿qué es la vida sin riesgo?

El amor incondicional por la concisión puede ser la gran enfermedad de esta era.  El paso de lo simple a lo simplista parece ser inevitable y profundamente transformador. Esta visión reductivista y rebosante de pragmatismo alimenta una brecha de opiniones polarizadas en todos los ámbitos de nuestra cultura. O blanco, o negro. Sin embargo, es en los matices donde se esconde la verdadera riqueza y, en mi opinión, el auténtico conocimiento de las cosas.


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