Escher en Madrid: Surrealismo y Gestalt

Escher, Madrid

Desde el pasado 2 de febrero hasta el próximo 25 de junio puede disfrutarse de la retrospectiva dedicada al neerlandés Maurits Escher en Madrid, en el Palacio de Gaviria reabierto para la ocasión.

Para quien esté un poco harto de minimalismos expositivos, rayanos casi en la asepsia, la sede escogida constituye un marco todo lo cuarteado y/o decadente que cabe esperar de tamaña casona decimonónica. A su precario estado de conservación no ha contribuido el uso de discoteca al que fue destinado durante años. Aunque, si el importe de las entradas de las exposiciones que acojan es el mismo —12 euros la general; audioguía incluida—, bastará con dedicar un pequeño porcentaje a la restauración para que el Palacio vuelva a lucir como en sus días mejores. En cualquier caso, el desembolso vale la pena, tanto por el contenido como por el continente.

Escher, madrid

Escher fue un genio ajeno a buena parte de los tics comúnmente asociados a la condición de tal, al menos en lo que a la cuota de malditismo se refiere. De hecho, se tenía a si mismo, ante todo, por un artesano grabador, fiel a las técnicas tradicionales. Claro que, también de Alberto Durero podría haberse predicado en su día algo similar. El paralelismo no parece tan caprichoso, sobre todo a la vista de la huella que ambos artistas dejaran en sus tiempos respectivos.

La exposición se estructura en siete tramos: Primer período, Teselaciones, Estructura del espacio, Metamorfosis, Paradojas geométricas, Obras por encargo, y Eschermanía.

Hombre familiar, tras varios viajes de formación por Italia y España, se recluye en su taller —mucho más que estudio—, donde dará a luz una obra inclasificable —especie de surrealismo figurativo atravesado de inquietudes lógicas y matemáticas, en la línea de la psicología Gestalt—, única en su originalidad, pero cuya rabiosa actualidad se evidencia en la influencia que ha tenido en todos los ámbitos de la cultura popular. Los ejemplos al respecto sobran: la portada del “On the Run”, de Pink Floyd y su negativa a que los Stones utilizasen ninguna obra suya para dos de sus discos; las bromas que circulan respecto a los manuales de instrucciones de IKEA comparándolos con algunas de las más conocidas creaciones del artista; o la fuente de inspiración que ha supuesto para películas como Labyrinth (Dentro del laberinto. Jim Henson, 1986) y, más recientemente, Inception (Origen. Chris Nolan, 2010).

La exposición se estructura en siete tramos: Primer período, Teselaciones, Estructura del espacio, Metamorfosis, Paradojas geométricas, Obras por encargo, y Eschermanía.

Los emblemata con que se inicia la primera etapa del recorrido son aún bastante conservadores en cuanto a lo formal, si bien contienen una dosis generosa de ironía. Por encima de todas las obras de estos primeros años destaca la turbadora belleza de sus vistas nocturnas de Roma. El flamante alumbrado eléctrico puesto por el régimen fascista envuelve los monumentos con una acariciadora atmósfera fantasmal. De regreso de sus dos visitas a la Alhambra se lleva consigo la fascinación por el horror vacui que preside los atauriques y lacerías característicos de la plástica islámica, y que supondrá un impulso fundamental para los teselados protagonistas del segundo período.

Escher, Madrid

El paso de dichas teselaciones infinitas a las célebres perspectivas aberrantes e imposibles geométricos —cintas de Moebius, cubos de Necker, escaleras de Penrose— presenta un sugestivo estadio intermedio en la recreación de imágenes reflejadas, bien en el agua bien en pulidísimas esferas. Estas últimas ofrecen una serie de posibilidades visuales, semejantes a las tomas obtenidas con un objetivo ojo de pez —o al más prosaico echar un vistazo por la mirilla de la puerta—, y remiten poderosamente a los primitivos flamencos —La mención al “Matrimonio Arnolfini”, de Van Eyck, es aquí ineludible—. Entre ellas se cuenta “Mano con esfera reflectante”, no en vano utilizada para promocionar la exhibición. Más allá del evidente atractivo de ésta y de otras como las archiconocidas, reproducidas ad nauseam, “Belvedere y Relatividad”, resulta especialmente llamativa la litografía “Galería de grabados”. Maravilla enfermiza y autorreferencial, Escher introduce una reelaboración del efecto Droste tan compleja que hubo de dejar un espacio en blanco justo en el centro, pues no se consideraba capaz de ejecutar el grado de detalle que dicha sección requería. No fue hasta 2003 que un equipo de matemáticos pudo rellenar el punto ciego, previos tres años años de reflexión ardua y denodada.

En cuanto a los dos partes finales del recorrido, Obras por encargo, dada su naturaleza subrogada, no tiene el mismo interés que las anteriores; mientras que Eschermanía recoge abundantes muestras, las citadas al comienzo del artículo entre ellas, del inconfundible sello Escher en el imaginario colectivo. En definitiva una exposición de obligada visita en un emplazamiento con valor propio que podéis visitar hasta el 25 de junio. Imprescindible.


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