Cadáveres exquisitos. Un paseo por el malditismo

Paul Verlaine, maldito
Expresionismo abstracto

El de maldito es un epíteto siempre a mano, tanto que ha acabado convertido en una especie de cajón de sastre donde meter a cualquiera que lleve una vida moderadamente disipada y componga un cadáver joven y bonito.

Aunque esto último, como se verá, ha venido haciéndose cada vez más opcional, pues la mayoría de seres humanos tenemos un raro apego a la vida que casa regular con una actitud genuinamente maldita.

La tan traída etiqueta incluye, por tanto, desde músicos celebérrimos como Jim Morrison o en su día no tanto pero convertidos en iconos merced a su postrero, irreversible mutis por el foro, como Ian Curtis, hasta deportistas tales que George Best y Muhammad Ali. Es precisamente en casos como los de estos últimos cuando cabría revisar la condición de muerto prematuro, si bien el genial futbolista norirlandés hizo todo lo posible por matarse en la flor de la vida.

…presentando una breve relación, sin ánimo exhaustivo alguno, de unos cuantos malditos auténticos, pata negra o, como gusta decir hoy, #sinfiltros.

En los días de sofocante postureo —el propio y especialmente el ajeno— que nos ha tocado vivir, cualquiera con un móvil y muy poca vergüenza puede aparentar un spleen con el que recabar su dosis diaria de likes; no obstante, en esta misma era de sometimiento a iniciativas fit o detox —a cuál, por cierto, más peregrina—, dicho mal de vivre 2.0 dista bastante de resultar creíble.

Puede que vaya siendo hora de acotar un concepto del que lleva mucho tiempo abusándose sin piedad, casi tanto como del cacofónico emprender y todos sus derivados. Y qué mejor modo de hacerlo que presentando una breve relación, sin ánimo exhaustivo alguno, de unos cuantos malditos auténticos, pata negra o, como gusta decir hoy, #sinfiltros.

El primero de ellos, afortunado acuñador del término en su libro de ensayos Les Poètes maudits e ilustrativo arquetipo él mismo —de hecho se incluye en la nómina bajo el doliente anagrama de Pauvre Lelian—, el renombrado poeta simbolista Paul Verlaine. Más allá de sus indudables méritos literarios —se trata de una influencia capital en el surgimiento del Modernismo—, o de la popularidad de sus obras —las dos primeras estrofas de Chanson d´automne (Los largos gemidos de los violines en otoño, etc.) fueron el mensaje en clave con que los aliados anunciaron a la resistencia francesa el inicio del Desembarco de Normandía —, Verlaine ha pasado a la historia por su sórdida relación con el enfant terrible Arthur Rimbaud; éste sí, encarnación definitiva de cada uno de los rasgos —o vicios— tradicionalmente asociados al malditismo.

Niño prodigio atormentado por su propia genialidad y una desmedida ambición estética, el autor de Les illuminations y Une saison en enfer constituye una de las más fascinantes irrupciones de la historia de la literatura. Un fogonazo deslumbrante, partidario de ese arder antes que apagarse lentamente con que otro maldito recalcitrante como Kurt Cobain se despidiera de este mundo. Tanto es así que, con diecinueve años, edad a la que muchos otros apenas si empiezan a balbucear sus primeros textos, consideró que nada le quedaba por decir, abandonando la poesía para siempre. Corrió a partir de entonces una serie de aventuras ultramarinas —el tráfico de armas entre ellas— hasta que la muerte se lo llevó a los 37.

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Isidore Ducasse posando atormentado (por llevar más de una hora ahí de pie).

El libro de Verlaine, además de la suya y la de su tóxico amante, incluye semblanzas de Tristan Corbière, Stephane Mallarmé, Marceline Desbordes-Valmore y Auguste Villiers de L´Isle-Adam. No obstante, quiero ahora referirme a una figura ausente de dicha recopilación, aun siendo coetáneo y encajándole como un guante el apolillado traje de maldito. Se trata de Isidore Ducasse, autoennoblecido con el alias de Conde de Lautréamont, oscuro personaje del que no se sabe apenas nada y autor de los  decadentísimos, protosurrealistas Chants de Maldoror (recientemente editado en nuestro país por la editorial independiente, Dilatando Mentes). Nacido en Montevideo, donde su padre, perteneciente al cuerpo diplomático, estaba destinado, se instaló muy joven en París, dispuesto a ejercer de bohemio y vivir de su obra, del aire y, principalmente, de la asignación que su paciente progenitor le hacía llegar desde el otro lado del océano. Lautréamont murió a los 24 años, dejando un legado artístico consistente en una edición de diez ejemplares de sus inclasificables Cantos, un puñado de poemas mediocres y varias cartas con frecuentes reproches a la cicatería del administrador de la guita paterna.

Salgamos de la órbita francófona —casi infinita a este respecto— y viajemos más hacia el sur, donde no faltaron epígonos de los poetas mencionados. Uno de los más conspicuos malditos patrios fue el sevillano Alejandro Sawa, que se decía amigo personal de Verlaine y en quien se basó Valle-Inclán para la composición de su inmortal Max Estrella. Traductor, novelista de escasa resonancia y colaborador en los principales diarios de la época, acabó sus días como el protagonista de Luces de Bohemia: ciego, loco y en la más absoluta miseria. Tanto es así que su obra más importante, Iluminaciones en la sombra —título que remite poderosamente a Les illuminations, de Rimbaud—, se publicó de manera póstuma y gracias a la colecta promovida por Valle-Inclán.

Y, por último, una mención al modernista portugués Mário de Sá-Carneiro. Los versos con que se inicia su poema Dispersão son una muestra bastante representativa de la angustiada personalidad de este autor: Me perdí dentro de mí / porque yo era laberinto / y hoy, cuando me siento / es con nostalgia de mí. Gran amigo de Fernando Pessoa, el suicidio de otro íntimo, Tomás Cabreira Júnior —en su presencia y de un tiro en la cabeza, para más macabras señas— le impactó terriblemente, lo cual, por otra parte, no deja de ser lógico. Tan traumático suceso no sólo inspiró la novela breve Locura…, sino que anticipó el final del propio Sá-Carneiro: con 26 años y tras anunciárselo a Pessoa en reiteradas ocasiones, puso fin a su vida envenenándose con estricnina. También delante de un amigo, José de Araújo en su caso.

En fin, es probable que más de un lector considere esta relación incompleta y / o sesgada —indudablemente lo está—. Pero ya se advirtió de la voluntad de no exhaustividad y de lo casi omnicomprehensivo del concepto. Además, muchos de los nombres que han quedado fuera —Baudelaire y Poe, Henry Miller y la Beat Generation, Alejandra Pizarnik, Roberto Bolaño y un eterno etcétera— podrían ser objeto de futuros artículos, o de una enciclopedia incluso. La Gran Enciclopedia Maldita.


 

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